miércoles, 30 de diciembre de 2015

PREPARADOS, LISTOS...

"El Maestro del Pueblo, 1881"
De Charles West Cope


El viejo año ya tiene casi llena su cartera. En ella van los apuntes de cada una de nuestras vivencias. Nuestros llantos, nuestras quejas, nuestras buenas y menos buenas acciones, nuestras alegrías, también nuestras tristezas. El viejo año, como viejo sabio que es, ha sabido tomar nota de todo. Pero no se limita a eso porque, si así fuera, ¿de qué serviría todo lo vivido? El viejo año, como un viejo maestro de escuela, exprimirá la experiencia de todo lo anotado y se lo transmitirá a los nuevos días, que están a punto de iniciar su recorrido. Les dará instrucciones, les regalará buenos consejos. Sin olvidarse de  advertirles sobre los peligros a los que, seguro, tendrán que enfrentarse. Aunque como viejo, más que como sabio, sabe de antemano que nada de eso será suficiente, que lo que realmente les será útil a los jóvenes días, serán sus propias experiencias en forma de tropezones a veces, e incluso caídas otras, salpicados con algún que otro acierto.
El viejo año está a punto de despedirse. Los nuevos días ya están a la puerta para comenzar su ruta. La despedida será natural, sin ñoñerías, porque cada uno sabe  su misión. Los días más cortos se pegarán a los que están ya más crecidos para intentar capturar parte de su luz. Los días más largos también intentarán estar cerca de los más pequeños porque saben que, a pesar de su corto tamaño, tendrán cosas que enseñar. Y cuando unos y otros hayan hecho el recorrido que están a punto de iniciar, recogerán otra cartera llena de todas sus vivencias, y se la traspasarán a otros nuevos días, de otro año nuevo venidero. Y así, día tras día, año tras año, se nos irá pasando la vida...

Que el Año Nuevo esté lleno de Paz, de oportunidades de vivir realmente la vida para todas las buenas personas. Que los niños de todos los rincones del mundo, puedan ser niños. Y que las malas intenciones tengan sus días contados.

¡FELIZ AÑO NUEVO A TODA LA BUENA GENTE DEL MUNDO!  

sábado, 26 de diciembre de 2015

HOMBRES FIRMES

Acabo de terminar  un libro que me ha sorprendido: "Una Letra Femenina Azul Pálido" de Franz Werfel (Praga, l890-Beverly-Hills, 1945). Digo que me ha sorprendido porque cuando leí el resumen de la historia en su contraportada, me hice la idea de que el autor relataba en él la "tranquila" historia de un triángulo amoroso. Mi sorpresa fue muy grata al comprobar, según iba avanzando, que había mucho más.
Estamos en Viena, año 1936. Un alto funcionario del ministerio, casado con una bella y rica dama vienesa, descubre entre su correo una carta, cuya letra femenina en tinta color pálido, le hará regresar a una historia de amor,  que él no supo  cerrar en el pasado. Pero alrededor de esta historia principal hay otras escenas, otros personajes, que nos van descubriendo la vida cotidiana de su protagonista pero también la social, incluso la política de ese época, y lo hace a través de la voz de ese protagonista, Leónidas, un personaje que según se va conociendo, va gustando cada vez menos.
El señor Werfel ha creado en esta historia un protagonista muy incómodo, de esos que hacen revolverse al lector en el asiento. Y eso ocurre porque según vamos descubriendo la verdadera personalidad de Leónidas, vamos viendo en él nuestras propias miserias: El egoísmo, la hipocresía, el acomodaticio auto-engaño. Capas y capas de defectos que encubren la verdadera raíz del problema: la cobardía. Todo ésto nos lo dice el propio Leónidas, cuando en un momento determinado explica su personal táctica para medrar en la vida:
"Yo personalmente, por ejemplo, no debo mi meteórica carrera a ningún atributo excepcional, sino a tres talentos musicales: un oído muy fino para detectar las vanidades humanas, un gran sentido del ritmo y -éste es el más importante de los tres- una capacidad de imitación extremadamente acomodaticia que, sin duda, tiene sus raíces en la debilidad de mi carácter".
No es extraño que con ciudadanos así, la política de la época estuviera como estaba. Juzguen por ustedes mismos:
"Encumbrados o barridos por la resaca de los partidos, los ministros parecían en general nadadores sin aliento que se aferraban a las tablas del poder. No poseían una visión exacta de los laberintos de la administración ni la sensibilidad adecuada para captar las sagradas reglas de juego de una burocracia que no tiene otra finalidad que ella misma. Con excesiva frecuencia eran simplistas de poca monta que sólo habían aprendido a fatigar sus ordinarias voces en mítines multitudinarios y a intervenir de forma engorrosa, por las puertas traseras de los despachos, en favor de sus correligionarios y familiares".
Si a pesar de estos personajes, el mundo sigue en pie es gracias a personas que están justo en el otro extremo. 
Hace días fui a ver una interesante película: "El Puente de los Espías", dirigida por Steven Spielberg y con guión, nada menos que de mis admirados hermanos Cohen. Basada en una historia real situada en los años 60, plena Guerra Fría. Rudolf Abel, (interpretado por un genial actor inglés llamado Mark Rylance, que tiene a sus espaldas 50 producciones teatrales de obras de Shakespeare, y eso se nota en su magnífica interpretación), espía ruso a la espera de un juicio en una cárcel norteamericana, se enfrenta a la máxima pena. Se le asignará a un abogado llamado James Donovan, (interpretado por Tom Hanks). Aunque al ciudadano ruso se le ha asignado uno de los mejores abogados, en realidad todo es una estrategia política norteamericana para hacer creer, dentro y fuera del país, que la justicia llega a todos por igual, independientemente del delito que el acusado haya cometido.  Con lo que no cuentan quienes han perpetrado este maquiavélico plan es  con que el encuentro de estos dos hombres, lo cambiará todo. 
El arresto de un piloto de aviones de espionaje por un lado,  y el de un estudiante de economía capturado por la Stasi, acusado de ser un espía en Berlín por otro, ambos americanos, no harán sino que complicarle un poco más la vida al abogado Donovan. Sobre todo porque, desobedeciendo las órdenes de sus superiores, él no va a estar dispuesto a dejar abandonados a ninguno de los tres.

Fotograma de la película 
"El Puente de los Espías"
(Imagen sacada de Internet)

A través de los diferentes encuentros del abogado con el acusado, el primero irá conociendo al segundo y descubriendo que es precisamente lo que no sabía de él, lo que es más interesante. El espía ruso irá descubriendo a su vez que el abogado que tiene enfrente, es de los que tienen un profundo sentido de la justicia. Ambos están condenados a entenderse, lo que provocará no pocos nervios a su alrededor. Quien más nervioso se pondrá será el juez encargado de dirigir el juicio. Un juez que ha decidido hacer política. Y ya se sabe que cuando un juez hace política, pierde toda objetividad.
Cada una de las escenas en la que el espía ruso y el abogado norteamericano se encuentran, son una verdadera joya de interpretación. Los diálogos son para no perderse ni una sola palabra. En uno de esos encuentros el ciudadano ruso le contará a su abogado la historia de su padre, un hombre perseguido por el régimen dictador de su país. En uno de los interrogatorios a los que tuvo que enfrentarse, le golpearon una y otra vez. Cada vez que caía al suelo, se volvía a levantar. Fue tanta su resistencia, que se ganó el apodo de "hombre firme". No cabe duda de que el hijo heredó parte de esa firmeza. Su propio abogado viendo que nada de lo que está ocurriendo parece inmutarle, le pregunta: 
-¿No está nervioso?
A lo que el ruso le contesta:
-¿Éso ayudaría?
Una aparente sencilla filosofía de vida, pero que resultará ser una sólida herramienta de resistencia.

Si van a ver la película, no se levanten de la butaca hasta haber leído los títulos de crédito. En ellos verán la impresionante labor del verdadero abogado Donovan.

Si he puesto en una misma entrada historias y personajes tan diferentes es porque son las dos caras de una misma moneda. Mientras que hay personas a las que parece no importarles nada ni nadie, excepto ellos mismos, hay otras que se juegan el prestigio, incluso la vida, por defender unos ideales.

No importa en qué año esté situada cada una de estas historias. El que en ellas se hable de los verdaderos valores, las convierten en intemporales. No se las pierdan.



martes, 22 de diciembre de 2015

LA MEJOR CENA DEL AÑO

"INVIERNO 1586"
De Lucas Van Valkenborch


Hace ya unos cuantos años, coincidí en un curso de inglés con una chica con la que enseguida conecté. Era de ese tipo de mujeres que son como un cascabel. Alegre, activa, con unas inmensas ganas de aprender todo lo que pudiera. Cuando fuimos intimando y pasamos de ser compañeras de clase a ser amigas, comenzamos a compartir historias familiares. Un día cercano a las vacaciones de Navidad, me sorprendió diciéndome que esa  Nochebuena, como había sucedido ya en otras anteriores,  no sabía con quién iba a compartir la cena. 
Es que -me contó- tengo un hermano que cada año invita a casa a una persona que se encuentra sola, o que está pasando una mala racha. Este año no sé quién nos tocará.
Pero,  ¿al resto de la familia no os importa? -me interesé.
-El primer año su mujer le montó una bronca, pero como vio que no le sirvió de nada porque al año siguiente insistió en el tema, al final ella y los demás nos hemos acostumbrado.
¿Y no tenéis miedo de dejar entrar a un extraño en vuestra casa? -insistí.
No sé cómo lo logra -me respondió-, el caso es que consigue hacerse amigo de todo el mundo, y no hemos tenido problemas con nadie. Es como si mi hermano tuviera una antena para captar a la buena gente.

Al terminar ese curso y por circunstancias de la vida, mi amiga y yo dejamos de vernos durante un tiempo, cuando volvimos a reencontrarnos, ambas teníamos muchas cosas que contarnos. Nuestras vidas habían cambiado en varios aspectos. Uno de ellos, era la pérdida de seres queridos. Ella me comentó que su hermano, el captador de buena gente, había fallecido. Me lo contó con un doble sentimiento de pena y rabia. La pena era lógica, siendo como era su hermano. La rabia le venía cada vez que pensaba que era una injusticia que alguien de buen corazón como su hermano, se hubiera ido para siempre. No hay que decir que desde su ausencia, ya no habían compartido la cena de Nochebuena con ningún otro desconocido.
Al hermano de mi amiga se le salía el corazón del pecho de bueno que era. No soportaba que hubiera gente que lo pasara mal, mientras él y los suyos tenían comida de sobra. Pero lo que compartía en realidad no era sólo eso, sino compañía, risas, calor de hogar. Se ganaba a la gente  no sólo hablando con ella, también escuchándola.
Supongo que para el extraño que entraba en la casa de mi amiga,  sería igualmente una situación un tanto atípica, y que sobre todo al principio, se encontraría como fuera de lugar. Pero conociendo a mi amiga, como tiempo después conocí a alguna de sus hermanas, doy por hecho que conseguirían entre todos que el extraño se sintiera como en su casa.
Cada vez que se acerca la Nochebuena, me acuerdo de esta historia. Me parece tan bonita que he querido compartirla con ustedes. 
Qué diferente sería el mundo si de vez en cuando mirásemos con atención a la gente que nos rodea. 

Como esa noche tan buena está también llena de magia, y en muchos hogares se recibe la visita de ese hombre vestido de rojo con larga barba blanca y ojos de pillín detrás de sus gafas de redondos cristales, voy a sugerirles algunas lecturas, por si a última hora se deciden a pedirle a Papa Nöel que les traiga algún libro.

"Cuentos de Fantasmas" de Edith Wharton. Esta escritora americana es una de mis debilidades literarias. Su maestría a la hora de contar relatos es sorprendente. En estas historias cortas sobre casas encantadas, logra mantenernos en tensión. No sé cómo lo hace, pero tiene una manera de escribir, que es capaz de hacer que el lector se sienta amenazado, incluso por el aire.

"Las Gafas de Oro" de Giorgio Bassani. Éste ha sido el primer título que he leído de este autor, pero creo que no será el último. En esta novela corta el señor Bassani nos cuenta la historia de un médico rural, Fadigati, cuya atracción por los jóvenes, va a ser utilizada en su contra, no sin crueldad, incluso por alguno de ellos. Todo ello sucede además cuando empieza la persecución de los judíos en Europa. 

"Una Chica en Invierno" de Philip Larkin. Éste autor inglés nos narra la historia de Katherine una refugiada que trabaja como bibliotecaria en una ciudad inglesa. Nos cuenta también el reencuentro de ésta con un antiguo amor. Eso hará que los recuerdos vuelvan a la mente de la protagonista y en su recorrido por ellos, los lectores iremos sabiendo más sobre ella, sobre el joven de sus desvelos y la, un tanto extraña, relación de éste con su hermana. Es curioso que este triángulo me ha recordado por momentos la novela de Patricia Highsmith "El Talento de Mr. Ripley".
Las descripciones que hace de la biblioteca donde la joven trabaja, me han hecho sentirme como en casa.

Estos libros se pueden encontrar también en la Biblioteca Pública. El verdadero regalo es poder leerlos.

Aprovecho para desearles a todos una muy Feliz Navidad. 





viernes, 18 de diciembre de 2015

ESTE LOCO DICIEMBRE

"La Primera Carta, 1857"
de R.W. Chapman

En una de mis anteriores entradas comentaba que, según una amiga mía, Noviembre era un mes raro. Si yo tuviera que definir este mes de Diciembre que le ha seguido, diría que está siendo un tanto loco. Un Diciembre con exceso de temperatura y escasez de  nieve. Con fachadas cubiertas de andamios, en lugar de contar con las figuras de Santa Klaus  o los Reyes Magos de Oriente, intentando colarse por las ventanas. Un Diciembre  con buzones llenos de papeles pidiendo un voto. Sí, realmente está siendo un mes rarito. Menos mal que entre esa correspondencia aburrida y llena de frías palabras , el cartero ha dejado otro tipo de cartas, más a tono con el mes en el que estamos: las postales navideñas. Este año he recibido también unas cuantas. No puedo evitarlo, cada vez que encuentro uno de esos sobres y lo abro, todo a mi alrededor cambia. En alguno me decía quien me escribía que aunque todos en su casa estaban bien, ella tenía de vez en cuando algún dolor de huesos. En otro, me contaban que sus niñas estaban preciosas. Hay quien incluso me ponía los dientes largos con el menú que pensaba preparar para la cena de Nochebuena. Pero en todos ellos había, sobre todo, muchos buenos deseos y una ráfaga de verdadero amor, que notaba  me envolvía nada más abrir los sobres. 
Aunque hay quien prefiere los nuevos métodos de correspondencia, yo en ésto sigo siendo una clásica. Me gusta escribir y, sobre todo, recibir cartas de todos los rincones del mundo. Al hacerlo puedo ver los rostros de quienes las han escrito, y eso me llena de gozo.
Entonces me he acordado de un libro que leí hace no muchos años: "La Navidad Para Un Niño en Gales" de Dylan Thomas, y me han venido a la mente estas palabras que he buscado entre sus páginas:
"Nuestra nieve no solo caía a cubos del cielo, sino que cubría el suelo como un chal y flotaba, y se acumulaba en los brazos, las manos y el cuerpo de los árboles; la nieve crecía de la noche a la mañana sobre los tejados de las casas como un musgo puro y viejo; cubría minuciosamente los muros como hace la hiedra, y se depositaba como una muda y entumecida tormenta de blancos pedazos de postales navideñas sobre el cartero que abría la verja."

Realmente estaba resultando un tanto loco este Diciembre. Menos mal que esta tarde se me ha ocurrido pasar por la librería a la que suelo ir, y he empezado a ver qué podía encontrar para posibles futuros regalos. Según iba trazando en el aire, con apenas unas palabras, lo que podría irle bien para Fulanito o para Menganita, mi amiga librera iba arrancando a sus estanterías las historias que podían sentar a cada destinatario, como anillo al dedo. Entonces todo se ha empezado a poner en orden. Comenzó a aparecer el verdadero espíritu de este mes. Ha sido fantástico. Por mis manos han pasado historias mágicas envueltas en un formato de libro, alguno de ellos incluso ilustrado. Libros que me ha gustado tocar y oler. 
Cuando he salido de la librería, me sentía ligera y feliz. Casi me daban ganas de romper con el orden generalizado y gritar ¡Feliz Navidad!. No sé si me hubieran tomado por loca.
Luego he ido a la presentación de un libro. Un libro de poesía en la que su autor, junto con una bailarina que daba cuerpo a sus poemas, han dejado la *"Piel" en el escenario. 
Sí, realmente un Diciembre un tanto loco. Pero, ¡caray, qué bien me siento!.




* Me refiero a la presentación que, esta misma tarde, Pedro Ojeda ha hecho en el Museo de la Evolución, de su libro de poemas "Piel".



domingo, 13 de diciembre de 2015

TRANSPARENCIAS PELIGROSAS

"TRANSPARENCIA,ATHENAIS "
(1908)
De John William Godward


Hace unos días comentaba un amigo su pasión por el cine de terror. Yo le confesé que era un género al que no le tenía especial admiración. Las películas en las que se exceden de sangre y escenas violentas, no me gustan. En cuanto a ésas en las que salen seres de ultratumba, las perdí el respeto el mismo día que vi una  sobre la maldición de una momia. Debía de ser una de esas películas de bajo presupuesto, por la escasa cantidad de vendaje que llevaba la momia. Eso permitió que se transparentara el slip  que el actor que interpretaba el papel, llevaba debajo del vendaje. Es una pena que ya haya desaparecido el cine donde se proyectó esa película porque, de existir, todavía conservaría entre sus paredes las carcajadas que los espectadores soltamos al darnos cuenta de ese fallo.

Anoche me quedé, el rato que el sueño me permitió, escuchando un programa de Onda Cero que, desde que lo descubrí, intento seguir: "La Rosa de Los Vientos". Hablaban sobre el espionaje político. Tratando de este tema no podía dejar de mencionarse el caso Watergate.  Como recordarán, este escandaloso caso salió a la luz durante la década de los años setenta, cuando unos jóvenes periodistas comenzaron a investigar el robo de unos documentos de las oficinas Watergate de Washington D.C., sede del Partido Demócrata en los Estados Unidos. En el punto de mira estaba el que sería poco después de iniciar las investigaciones,  Presidente del país mencionado, Richard Nixon. Cuando la justicia le solicitó al señor Nixon que entregara unas cintas grabadas que tenía en su despacho de la Casa Blanca, él dijo que esas grabaciones eran "privadas", a lo que el Juez que llevaba la investigación, le respondió que nada de lo que había en la Casa Blanca, era privado. La información que de esas cintas salió a la luz, le costó al presidente Nixon su carrera política.
En el programa arriba mencionado se habló igualmente del espionaje político que, en nuestro país, también se ejerce. Al parecer la práctica de espiarse unos partidos a otros es casi ya un deporte nacional. Hablaron de casos en los que un político de un determinado partido ha llegado a tener copia del discurso que otro político de un grupo opositor iba a dar, antes de que éste lo diera. Pero lo que me dejó de piedra fue oír que cada vez que hay un cambio de Presidente en nuestro país, se borra toda la información de los ordenadores que el Presidente anterior ha ido acumulando.
¿Ésto es normal? -  pregunto. Si la información depositada en esos ordenadores es Pública, como debiera ser, ¿no debería estar al alcance del nuevo ocupante del despacho de la Presidencia, independientemente de los colores de su partido? Y si es privada, ¿por qué la tienen ahí?
Ahora entiendo por qué se dan vueltas y vueltas alrededor de leyes que ya deberían estar cerradas y funcionando a la perfección desde el principio.
Lo que menos comprendo es que tanto desde la Banca como desde la Administración Pública, los políticos exigen cada vez más, una transparencia a los ciudadanos. Los ciudadanos de a pie, estamos cada vez más controlados y, a cambio, no recibimos ninguna información de lo que ellos hacen con lo  Público, que es lo todos nosotros. Al final, puede que les ocurra como a la ridícula momia de la película que les mencionaba al principio de esta entrada, que de tanto quererse cubrir su verdadera personalidad, se les va a acabar por transparentar hasta los paños menores.



miércoles, 9 de diciembre de 2015

SOBRE CORAZONES Y MAREAS

Hace un tiempo, durante un viaje en tren, conocí a un hombre que llevaba muchos años trabajando en el mar. No me atrevo a especular sobre su edad. Su cabello castaño claro parecía tan áspero como esos estropajos que antaño se utilizaban para fregar los platos. La piel de sus brazos y de su rostro parecía acartonada, como si el sol les hubiera absorbido toda la humedad. No tenía ni un gramo de grasa. Puro nervio. Durante todo el viaje llevó unas gafas de sol que cubrían sus ojos,  así que me fue imposible saber de qué color eran. 
En el tiempo que duró el viaje, se formó un grupo de personas de varias edades,  que hablábamos y reíamos jovialmente. Él permaneció durante un rato sin decir una palabra. Cuando empezó a hablar conmigo, me contó que el suyo era uno de los trabajos más duros que podía hacer un hombre. Había trabajado en el fondo de un barco. Donde las máquinas. Pero cuando digo "máquinas", me refiero a aquellas que había que alimentar con palas de carbón. Quizá de ahí venía su reticencia a hablar con la gente. Estaba acostumbrado a pasar mucho tiempo sólo. Y de ahí también sus características físicas. El fuego, el aire, el agua y la sal, habían curtido su cuerpo, lo habían cincelado hasta el límite de la existencia. Cuando el domingo pasado fui a ver la película que quiero comentarles aquí, la imagen de ese hombre me vino a la mente. 
Hay veces que haces planes y no salen como hubieras querido. Eso me pasó a mí cuando decidí ir al cine. Tenía en mente ver una película, pero por problemas técnicos de última hora, no pudieron proyectarla. Puesto que ya estaba allí, miré la cartelera, y fue entonces cuando descubrí: "En El Corazón del Mar".
Fotograma de la película 
"En el Corazón del Mar"
(Imagen sacada de Internet)

Vaya por delante que no soy muy aficionada a las películas de tema marítimo, y no sé el porqué. Además en esta ocasión vi que, encabezando el reparto, estaba el actor Chris Hemsworth,  que no es uno de mis preferidos. Fueron las palabras que estaban impresas en la parte superior derecha del cartel anunciador de la película, las que me "picaron" la curiosidad: "Basada en la historia real que inspiró Moby-Dick". ¿Quién podría resistirse?
La historia comienza cuando un hombre llamado Herman Melville, interpretado por el magnífico Ben Whishaw, al que parecen irle como anillo al dedo los papeles de escritores, como ya demostró en esa bellísima película titulada "Bright Star", en la que daba vida, nada menos, que al poeta Keats, "contrata" los servicios de un hombre que había sido grumete en un barco ballenero, para que le relate unos hechos que ha mantenido en secreto durante toda su vida. Hechos que acontecieron durante el intento de captura de una enorme ballena blanca. Quien da cuerpo a ese personaje no es otro que mi admirado Brenda Gleeson, al que no hace mucho pude disfrutar en otra película que también comenté: "Calvary". A través del relato del marinero Thomas Nickerson, que es como se llama su personaje, iremos conociendo al resto de la tripulación.  Y es en ese momento cuando, para mi sorpresa, apareció el magnífico elenco de buenos actores británicos con el que cuenta el reparto. A destacar Cillian Murphy en el papel de Mathew Joy, Michelle Fairley como la esposa del personaje que interpreta Brenda Gleeson. Y un actor que me llamó la atención, aunque no es británico sino americano, en su interpretación del capitán George Pollard, cuyo nombre es Benjamin Walker.
Lo que ha hecho que el hombre surcara mares, más allá de los límites conocidos, han sido principalmente dos razones: Las ansias de conocer nuevos mundos y, el hambre, que digo hambre, gula más bien, de conseguir fortuna. Es decir, la ambición.
Cuando a Owen Chase, papel que interpreta el señor Hemsworth le prometen el patronaje de un barco a cambio de llevar a puerto una determinada cantidad de captura ballenera, no duda en hacer lo que sea y llegar hasta los confines del infierno, si fuera necesario, para conseguirla. Y es ahí donde precisamente le lleva su, casi, obsesión. Obsesión encendida por la rivalidad que surge entre  el capitán del barco y él. Llegando a una zona del mar donde el agua parece estancada y el sol cae tan de plano, que es capaz de secar la consciencia de un hombre, y todo por conseguir atrapar una ballena de unas proporciones nunca vistas antes. La ballena blanca que, durante siglos, conocerían lectores de todas las edades y condiciones con el nombre de Moby-Dick. Serán esas aguas, parecidas a un desierto, donde un muchacho se convertirá en adulto en lo que tarda en tomar una decisión que cambiará el curso de su vida y el de la de los demás marinos.
Estamos hablando de unos tiempos en el que el hambre y la miseria, cuando no la huida de la justicia,  obligaba a niños y adultos a embarcar y tenérselas que ver con mares y  criaturas desconocidos. Y contando con unos medios bastante limitados. Esas circunstancias eran propicias para que los especuladores, que quedaban siempre en tierra esperando el fruto del duro trabajo de los marinos, sacasen el máximo provecho. En medio de ese pulso entre explotados y explotadores, estaban las especies marinas más cotizadas, entre las que resaltaba la ballena.
Justo el día anterior a ir al cine, pude oír en un programa de radio la mala noticia de que Japón reanudaba su actividad de captura de ballenas. 
Lo malo del ser humano es que nunca se ha parado a pensar que si realmente él fuera superior a la naturaleza, ya habría podido dominarla, (al paso que vamos no sé si al final se conseguirá), pero hasta ahora, no ha sido así. Las especies también evolucionan, se hacen más fuertes, más crueles cuando es necesario, para su defensa. En esta loca carrera de ver quién puede más, el único que debe ceder es el hombre, porque es el que más tiene que perder. Y es ése precisamente, creo yo, el mensaje que esta bella película transmite. A veces, perdiendo, se gana. A cambio de no diezmar aquello que no necesitamos para el sustento, la naturaleza se renueva,  y nos ofrece lo que sí necesitamos, en mejores condiciones. 
Owen Chase, el capitán Pollard y quien relata a Melville la historia, Thomas Nickerson, aprenderán la lección en el momento en que se encuentren con la gran ballena.
La distancia entre una decisión acertada y una equivocada, es tan delgada como un simple hilo. El mismo hilo que separa la vida de la muerte.


sábado, 5 de diciembre de 2015

REALIDADES A LA CARTA

Había quedado con una amiga para charlar un rato. El tiempo se nos pasó enseguida y antes de darnos cuenta, ya era hora de despedirse. Decidí acompañarla hasta donde tenía aparcado su coche. Justo enfrente de él, vimos a un hombre que parecía mayor, aunque quizás era su aspecto lo que le hacía aparentar una edad que tal vez no tuviera. Llevaba una prenda de abrigo que le quedaba bastante holgada. Lo mismo ocurría con sus pantalones. Era como si se hubiera puesto la ropa cuando estaba más fuerte y después de vestido, se hubiera ido encogiendo, dejándola casi vacía. Los zapatos le quedaban también grandes, y parecían pesarle al andar pues en lugar de levantar los pies para dar cada paso, los arrastraba. Llevaba un sombrero del que sobresalía su pelo ya un poco largo y cano y cuya amplia ala, cubría parte de sus gafas. Estaba sacando cosas de un contenedor de la basura. Lo que otros habían desechado, el hombre lo cogía y lo ponía, con movimientos lentos, cuidadosamente, encima de lo que parecía el esqueleto de un coche de bebé. 
Nos quedamos mirándole durante unos minutos sin decir una palabra. 
Cuando iba ya sola hacia mi casa, seguía con una bola en la garganta. Pensé que ese hombre bien podía haber sido mi padre.
Días después volví a quedar con esa misma amiga para tomar un café en el centro. La calle estaba llena de gente. Bares, mesones y lugares de picoteo estaban a rebosar. Fue entonces cuando mi amiga saltó la frase:
-Vaya, dicen que hay crisis pero aquí no se nota.
No pude evitar contestarla, no sin ironía:
Mira a ver si entre toda esta gente ves al hombre que estaba el otro día rebuscando en el contenedor.
Mi tono no me debió salir tan irónico como hubiera deseado, pues mi amiga se quedó sorprendida, y tan sólo pudo balbucear:
-Es verdad. Él seguro que no está.
En un espacio reducido, pueden convivir realidades muy opuestas y cada persona decide  hacia cual de ellas dirigir su atención. Pero el hecho de que una determinada realidad no esté siendo observaba por nadie, no la hace desaparecer. Sigue ahí, hasta que alguien la vea y decida, en el caso de que sea una realidad horrible, que hay que cambiarla.

"Cuando el Profesor da la Espalda"
de Jacob Taaumann



Cuando se acerca un período de vacaciones o fechas señaladas, como ahora ocurre con la Navidad, se empeñan desde diversas fuentes en darnos una versión de la realidad edulcorada. Y no digamos si encima la Navidad coincide con unas Elecciones Generales.  De repente no existen problemas económicos ni de ninguna otra clase. Todo está bien para todos. ¿Crisis? ¡por favor!, eso pertenece al pasado. 
Hace un par de días una entusiasmada reportera anunciaba, desde uno de los telediarios, que en estas navidades se calcula que el gasto medio de cada familia española aumentará en un diez por ciento.
Igualmente no han hecho más que repetir que durante este largo puente de la Constitución, los aeropuertos, las carreteras y los hoteles, verán aumentada la circulación de personas. Lo dicho, nuestra economía está floreciendo por momentos. 
Lo que no dicen es que algunos de los que van a aumentar este año el gasto navideño son los mismos que lo hicieron el año pasado, y el anterior. Son los únicos que pueden hacerlo, aquellos a los que la crisis les enriqueció más de lo que ya estaban. Pero hay otra parte de la población, otra realidad de la que no hablan, no sé si porque no la ven o, simplemente porque no les da la gana  mirarla de frente y denunciarla. La realidad de aquellas familias que no tienen ingresos suficientes ni para lo más básico. Como para que aumenten su gasto navideño en regalos y viajes. 
El verdadero buen político no es el que ignora los problemas, y mucho menos el que falsea la realidad, sino el que la ve, la reconoce, la denuncia y pone manos a la obra para cambiarla. Porque el cambiarla no es imposible. Basta voluntad y valentía. Pero en lugar de eso, nos dan discursos de falso positivismo. ¿Recuerdan la teoría del vaso medio lleno o medio vacío? Nos han querido convencer de que el ver el vaso medio vacío es de pesimistas, derrotistas, gente negativa sin futuro. No estoy de acuerdo. Si el vaso está medio vacío hay que decirlo claramente  e informar de si quien se ha llevado la mitad de ese agua que falta, lo ha hecho porque realmente tenía necesidad de saciar su sed, o lo ha hecho por especular con ella. 
¿De verdad puede alguno de ustedes creer que el profesor del cuadro que he elegido para adornar esta entrada, habrá permanecido eternamente dando la espalda a todo lo que acontecía en su clase? 
Las realidades a la carta, no existen. 


miércoles, 2 de diciembre de 2015

A U T O R R E T R A T O

JOHANN BAPTIST REITER,AUSTRIA 1813-1890
(AUTORRETRATO 1842)


Hace unos siglos, cuando no existían las cámaras de fotos, y mucho menos los móviles o las tablets, si alguien quería tener un retrato suyo acudía a un pintor para que le inmortalizara con sus pinceles. 
En el caso de los pintores que estaban bajo la protección de la realeza, su trabajo tenía además una dificultad añadida: la de retratar al monarca de turno de una manera que a éste le satisfaciese. Esto es, debía realzar todas sus cualidades tales como  su buen porte, aunque no siempre coincidiera con la realidad.
Siempre he pensado que de todos los temas que un artista puede plasmar en su lienzo, el del autorretrato es el más difícil de crear, sobre todo en la época que he mencionado al principio. ¿Cómo lo harían sin una fotografía que les sirviera de modelo? Una respuesta lógica sería: mirándose al espejo. Pero si una persona se mira al espejo varias veces seguidas ¿puede conseguir siempre la misma expresión, la misma mirada, la misma luz? Memorizar tu propio rostro debe resultar además de dificultoso, un tanto extraño. Y cuando ese rostro, que es el de uno mismo, va creciendo, tomando forma, extendiéndose por el lienzo ¿qué sensación tiene que dar? Mirarse uno desde fuera debería  ser un buen ejercicio de humildad, si se es honesto como artista en ese momento, y se retrata tal cual es. Pero ¡ay, el ego! siempre alerta para colarse en cuanto nota un segundo de debilidad. ¿Por qué retratarse con defectos pudiendo "moldear" un "yo" perfecto?
Otra cosa a tener en cuenta son los sentimientos, las sensaciones que el artista puede tener en los diferentes momentos de su creación. No siempre se está igual anímicamente. Lo que habita su pensamiento puede variar de un momento a otro, y esa variación puede transformar la expresión de su  cara por completo.
Recuerdo  la época en que asistí a unas clases de dibujo y pintura, de ésto ya hace muchos años. Mi tema favorito solía ser los rostros de diferentes etnias. Siempre me atrajeron los de personas de África, o los de los indios norteamericanos. Sus pómulos, sus bocas, sus ojos, la fuerza que irradiaban, hacían que me quedara mirando las fotografías que nos servían de modelos, durante horas. 
En una ocasión mi profesor me dijo que eligiera un modelo de los muchos bocetos que tenía. Yo preferí escoger el rostro de un jefe indio norteamericano, de los que tan bien retrató Edward S. Curtis, (he intentado localizarlo en Internet para incluirlo en esta entrada, pero no lo he encontrado). Lo que me llamó la atención de ese hombre en concreto era el porte de seguridad, serenidad, diría yo, que tenía . Sus ojos eran como dos pequeñas brasas de las que podías esperar que en cualquier momento surgiera una llama. No me gustaría tener que enfrentarme a él -pensé. Y, sin embargo, no era miedo lo que al contemplar ese semblante sentía, sino un inmenso respeto.
Comencé a dibujarle. Fue uno de los trabajos más gratos que hice. Me sentía muy bien mientras lo dibujaba a carboncillo. En un momento concreto, se me ocurrió preguntarle a mi profesor qué le parecía como me estaba quedando. Entonces él se acercó, cuando le vi que cogía un carboncillo, un resorte interior me hizo advertirle: Retoca todo lo que quieras de su rostro, menos los ojos. Todavía hoy me pregunto qué parte de esa frase que le dije, no entendió, porque se dirigió directamente a ellos. No dudo que lo hizo con el único propósito de mejorar lo que yo hasta ese momento había hecho. Y estoy segura de que técnicamente lo consiguió. Pero yo había depositado toda la fuerza que sentí en el momento de contemplar ese rostro, en esos ojos. Así que cuando vi que con un simple retoque, el profesor me había cambiado la expresión de la mirada de ese hombre, me enfadé como nunca me he enfadado con un profesor. Él, como es lógico, intentó defender su postura. Lo había hecho para corregir los defectos que, como entendido en la materia, había captado. Pero a mí eso no me importaba. Yo no estaba hablando de técnica, sino de sensaciones, las que los ojos de ese hombre me habían transmitido y que yo, posiblemente sin mucho acierto, había intentado plasmar. Recuerdo que casi le grité al profesor:
-Éste ya no es "mi" indio es "tú" indio.
Aún  puedo ver la cara de sorpresa que se le puso al  oír lo que le acababa de decir.
Aquel día me fui de la clase, muy, pero que muy enfadada. Tardé días en intentar "recuperar" la mirada que yo había querido plasmar. 
Todavía conservo ese dibujo, como un pequeño tesoro. Y cada vez que lo contemplo, me acuerdo de mi osadía. 

Volviendo al autorretrato, dibujarse uno mismo ¿no es una forma de poesía y, como ella, una manera de desnudarse?