Mi lista de blogs

viernes, 21 de marzo de 2014

EL PARAISO



"JARDIN EN CANNES"
De Edouard (Jean-Edouard) Vuillard




Hoy les traigo una historia diminuta, sobre personas también diminutas. De esas cuyas vidas pasan desapercibidas. Verán:
José y María estuvieron muchos años trabajando muy duro, privándose incluso de cosas necesarias, para poder ahorrar un dinero y comprarse un piso. Por fin, y tras mucho buscar algo que estuviera al alcance de sus pequeños ahorros, encontraron un pisito de segunda mano en el suburbio de la ciudad.
Los años fueron pasando y José y María fueron sobreviviendo con el fruto de su trabajo y más tarde, con la ayuda añadida del fruto del trabajo de sus hijos.
Los años pasaron también para la casa, que se fue haciendo vieja, igual que ellos. Aprovechando una ayuda que el Ayuntamiento de su ciudad ofrecía, decidieron, junto con el resto de los propietarios de su Comunidad, rehabilitar el edificio donde todos ellos vivían. Para ello se dirigieron a las oficinas del Arch (Ayudas del Area de Rehabilitación del Casco Histórico). Tras un montón de papeleo y de tener que acatar una serie de obligaciones, en el año 2010, se les concedió la ayuda. Pero la ayuda, como suele ocurrir con las que dan los organismos oficiales, venía, al parecer, con una letra pequeña. Tan pequeña, que ellos no habían visto. Según parece, había  una ley que obligaba a los beneficiarios de dicha ayuda, a declararla ante Hacienda el mismo año que se le concedía, no en el año que ellos recibíeron el correspondiente ingreso por parte de las oficinas arriba mencionadas. Así fue como se encontraron con la sorpresa de que Hacienda les reclamaba la declaración de la pequeña cantidad que el Arch les había ingresado en su cuenta bancaria en el año 2013, en su declaración del año 2010. Y no sólo eso. Les indicaban igualmente, que debían pagar en concepto de intereses de demora, un tanto por ciento a añadir a la cantidad reclamada.
Que tenga alguien que declarar a Hacienda una ayuda económica solicitada, ya es de por sí un tanto contradictorio. Porque se supone que si se solicita una ayuda económica, es porque no se anda bien de dinero. Pero que, además, se le obligue a declarar dicha ayuda años antes de haberla recibido, es ya de locura. Y es así como andaba José desde que recibiera la notificación de Hacienda, como un loco.
Hoy José se ha ido a la cama antes de la hora acostumbrada. Se le veía cansado. No hacía más que repetir:
-No hay derecho, María. No hay derecho. Se quedan hasta con el sudor de nuestra frente.
María por su parte ha estado intentando animarle. Luego se ha quedado sóla en la cocina, pensando. Ella confía que el dinero que, con tanto sacrificio, tienen que pagar en impuestos,  no va a servir para pagar sueldos de políticos corruptos, ni para pagar los sueldos de jueces elegidos a dedo por esos políticos corruptos. Confía en que tampoco se use para tapar los enormes agujeros negros que han dejado algunos banqueros sin escrúpulos. Quiere creer, necesita creer, que hasta el último céntimo recaudado por Hacienda, se va a utilizar para cosas tan necesarias como mejorar la sanidad pública, o para que haya enseñanza pública para todos los que no puedan  pagar una educación privada. Confía también en que el dinero recaudado en impuestos, sirva para que haya unos buenos servicios sociales para la gente que lo necesite, que cada día son más.
En estos pensamientos estaba, cuando llegó su hijo mayor. Al preguntar por su padre, le contó todo lo que había sucedido. Y le hizo partícipe también de lo que ella acababa de pensar.
Pero, mamá -le dijo su hijo sonriendo-. ¿Tú, en qué mundo vives?
Dejó una revista sobre la mesa y se fue a su habitación. Al menos él iba sonriendo.
María empezó a pasar las páginas de la revista que había dejado su hijo. Fue viendo las imágenes primero, y leyendo las cifras que se detallaban, después. Cifras que decían la cantidad de gente que había refugiada y desplazada en países como Siria, o en la República Centroafricana. En las fotografías que la revista mostraba, se veían grupos de gente cargados con ropas u otros utensilios. Algunos llevaban en brazos o,  de la mano, a algún niño. Parecían caminar sin rumbo fijo, como perdidos. Esas personas, pensó, tendrían sus casas, y quizás se las quitaron. Tendrían sus vidas, y se las arrancaron. Eran personas como su marido, sus hijos o ella misma.
No tenía idea de que su hijo leyera revistas de este tipo, pero el saberlo la produjo un sentimiento de orgullo. Si su hijo se interesaba por esos temas, es que no era mal chico.
Luego se dirigió a su dormitorio. Iba pensando en lo privilegiada que era,  a pesar de las malas noticias recibidas ultimamente. Tenía un marido y unos hijos maravillosos. Un techo bajo el que vivir. No le faltaba ni comida, ni agua.
Se metió en la cama, acurrucándose junto al cuerpo ya calentito de su marido y, dejó salir de su boca, en un susurro, la respuesta que no había dado a su hijo.
¿Que en qué mundo vivo, hijo?  Vivo en el Paraíso.

miércoles, 19 de marzo de 2014

SONRIA, POR FAVOR

"LA MUJER PERSA"
De William Clarke Wontner




Quería hacer una entrada aparte sobre las mujeres que vienen de otros países a trabajar a mi ciudad. Sencillamente me causan admiración. Me parecen valientes, porque hay que tener valentía para dejarlo todo y venirse a un país que no conocen,  lleno de gente que no siempre las va a recibir con los brazos abiertos, y en muchas ocasiones, sin dominar nuestro idioma. Me parecen generosas, porque sólo con generosidad se puede dar atención a las personas mayores cuando, posiblemente, ellas han tenido que abandonar a sus ancianos para intentar ganar un dinero que en su lugar de procedencia, no tenían. O para cuidar de los hijos de otras mujeres, habiendo dejado a los suyos a miles de kilómetros de distancia.
Me parecen fuertes porque sólo teniendo mucha fuerza interior, se pueden levantar cada día para hacer un trabajo que, probablemente, nadie haría. Y  menos por un salario irrisorio como el que la mayoría de ellas recibe.
Las sonrisas en Burgos se venden caras. ¡Cúanto nos cuesta sonrerir!. Sin embargo, me cruzo cada mañana con mujeres de muy diversa procedencia y raza, que en cuanto me las quedo mirando, esbozan una sonrisa.
Algunas de esas mujeres han dejado lugares donde luce el sol prácticamente todo el año, y la temperatura es agradable. Han aterrizado en una ciudad donde las mínimas bajan de cero, y el sol se hace bastante de rogar.
Recuerdo que en una ocasión coincidí en la cola de un supermercado con una mujer que, por la forma de hablar, parecía de algún país del Este. Estaba muy nerviosa porque la cajera le había dado las vueltas de un billete de quinientos euros con el que ella había pagado, y no estaba conforme con  los cambios que le entregaba. Intentaba desesperadamente hacerse entender moviendo sus manos ya que, al parecer, no hablaba nuestro idioma. Cuando llegué yo a la caja, la señorita que le estaba cobrando le explicaba el dinero que le daba, volviéndolo a contar más despacio. Eso me dio oportunidad a mí de ver que, efectivamente, la cajera se estaba equivocando, dándole cincuenta euros de menos.
Es incorrecto -me atreví a decirle a la empleada del supermercado-, faltan cincuenta euros.
La mujer entonces reaccionó como si hubiera visto el cielo. Me agarró un brazo con una de sus manos, mientras que con la otra no dejaba de señalarme intentando decirle con gestos a la cobradora, que me escuchara, que yo tenía razón. Así que insistí:
-Faltan cincuenta euros.
La cajera volvió a contarlo por tercera vez y, fue entonces cuando, por fín, se percató de su error. Añadió el billete que faltaba, y le entregó todos los cambios a la mujer. Cuando ésta ya se iba, me dirijió una mirada y una sonrisa de agradecimiento. Yo la sonreí también.
Cuando la mujer ya se había marchado, se oyó la voz de otra mujer desde la parte trasera de la cola diciendo:
-A quién se le ocurre pagar con un billete tan grande.
Pague con lo que pague, las vueltas hay que dárselas correctamente, le dije.
Nadie rechistó.
Qué angustioso tiene que ser, intentar explicar algo y no conocer las palabras adecuadas. Es entonces cuando las manos, los ojos, los labios en forma de sonrisa, hablan por sí sólos.
Me da rabia ver las miradas que algunos lanzan contra cualquier persona que, por su forma de vestir o el color de su piel, van anunciando su procedencia de algún lugar lejano.
Hay miradas que matan. Me pregunto qué harían esas personas indiscretas, cuando no maleducadas, si a ellas les hiciera alguien lo mismo. Es tan sencillo como dar a los demás, lo que nos gustaría de los demás recibir. Así que si alguna vez se cruza con alguna de estas mujeres, no se olvide: sonría, por favor.

sábado, 15 de marzo de 2014

LA PECADORA

"MARIA MAGDALENA"
De Juan Carlos Boveri



Dicen que las cosas se ven con el color del cristal con que se miran. Me pregunto qué cristal llevaran en los ojos esas personas que ven en todos y en todo lo que les rodea, suciedad,  incluso pecado.
Ayer fui al cine. Hacía tiempo que no iba. La película que vi fue: "Filomena", protagonizada por Judi Dench que, como siempre, nos regala una soberbia interpretación.
Lo que nos cuenta esta película es la historia de una mujer irlandesa, cuyo nombre es el que da título al film. Una mujer que en su primera aparición en la pantalla, ya mayor, vemos rezando y encendiendo una vela a la imagen de una Virgen con su niño. Mientras lo hace, una serie de recuerdos vienen a su mente, y con ellos los que estamos al otro lado de la pantalla, vamos conociendo su historia. Filomena, como todos, fue joven. Siendo una adolescente, en una de sus salidas para divertirse, como haría cualquier chica de su edad, conoce a un chico. Ambos se sienten inmediatamente atraídos. Fruto de ese encuentro,  es un embarazo al que Filomena tiene que hacer frente sóla pues ni el chico, ni los padres de ella, quieren saber nada al respecto. Así es como Filomena acaba en una especie de residencia para madres solteras que regentan, con mano de hierro, un grupo de monjas.
Para pagar la deuda que desde el primer día de estancia en esa residencia, Filomena contrae con las monjas, tiene que trabajar en la lavandería. Y por el tiempo que trabaja diariamente y los años que está allí, la deuda debía ser bastante grande. Para cualquier empresario sin escrúpulos como los que actualmente tenemos, un lugar como ese, sería una especie de paraíso.
Las chicas que llegan allí sólo trabajan, no reciben ningún tipo de formación académica,  tal y como, de una manera sutil, nos lo hace ver el director, en un maravilloso diálogo, que no quiero desvelarles aquí, para darles la oportunidad de descubrirlo por ustedes mismos, si van a verla.
Por si fuera poco,  a Filomena sólo se le permite ver a su hijo una hora al día. Y hasta ese privilegio se le quita, el dia que una de las monjas decide, sin consultar con ella,   vender en adopción al hijo de Filomena a un matrimonio americano. Y  es en el personaje de esta monja en el que quiero centrarme, porque es ella la que me hizo hacerme unas cuantas preguntas a la salida del cine. Preguntas que quiero decirles en alto.
¿Cómo una mujer puede robarle el hijo a otra mujer? ¿Cómo puede serguir viviendo con toda normalidad después de haber hecho algo así?
Tengo el convencimiento de que para ejercer cualquier profesión como es debido, hay que tener vocación. Si además esa profesión se ejerce desde un puesto de poder ya sea político o religioso, la condición vocacional es obligatoria. Sólo siendo feliz haciendo lo que se hace, se puede dar un buen servicio a los demás.  Y viendo cómo nos maltratan algunos de nuestros responsables, éstos deben ser bastante desgraciados.
En un momento determinado de la película, están reunidos, Filomena, con el periodista que le está ayudando a encontrar a su hijo, y varias monjas, entre las que se encuentra la que dio al niño al matrimonio americano. Cuando le preguntan a la monja en cuestión por qué lo hizo, ella contesta que toda su vida había estado conteniendo sus deseos carnales, y no entendía por qué esas jóvenes no podían haber hecho lo mismo. Es en ese momento, cuando se ve a ese personaje tal cual es. Una mujer no ha sido feliz durante toda su vida, y eso parece otorgarle el derecho de negar la felicidad a todos los que la rodean. Algo que debiera ser una vocación, como es el ser monja, ella, dejándose llevar por la amargura en la que ha convertido su vida, la transforma en un castigo.  Me pregunto qué falta tan grave tuvo que haber cometido esa monja para tener que estar expiándola durante toda su existencia. Qué acto tan horrendo tuvo que llevar a cabo para creerse en el deber de estar pagando por él , y con el derecho de hacérselo pagar también a los demás. Qué pecado llevaba tatuado en su retina para ver como tal, algo tan natural como es el traer a un hijo al mundo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

BE HAPPY

"LA DANZA DEL CAMPESINO"
De Pieter The Elder Bruegel



He llegado a la conclusión de que si no soy feliz es porque no quiero. Razones para serlo, tengo de sobra, a saber: De salud ahora mismo no puedo quejarme. Vivo en un país del primer mundo. Tengo comida tres veces al día, tampoco me falta el agua. Puedo ir todavía a mi puesto de trabajo todas las mañanas. Puedo disfrutar de la lectura de libros y de prensa. Y gracias a esto, hoy tengo un motivo más para ser feliz. Sí, porque al leer el periódico "Gente" me  he encontrado con una noticia tan buena, que he pensado que debía compartir el júbilo que ésta me ha causado, con ustedes.
En la página 7 del periódico arriba mencionado de fecha del 7 al 13 de Marzo del presente año, el alcalde de nuestra ciudad declara, y copio textualmente: "Estamos contentos, porque los resultados hablan por sí mismos y son tremendamente positivos. Hemos concluido el año 2013 con un superávit de 29,7 millones de euros".
¡Yupiiii!, por fín somos millonarios. Claro que toda moneda tiene dos caras, y como decía mi abuela, la alegría en la casa del pobre dura poco. Así que si seguimos leyendo el artículo que menciono, en su cuarto párrafo se nos informa, y vuelvo a copiar textualmente: "Según los datos de Intervención General, la deuda municipal asciende a 136.127.646,39 euros, cuando al comenzar la legislatura era de 210 millones.
Si buscamos el significado de "superávit" en el Diccionario Ilustrado de la Lengua Española, una de las definiciones que nos da de esta palabra es: En la administración pública , exceso de los ingresos sobre los gastos.
Si, según nuestro poco valorado señor alcalde, en las arcas de nuestro ayuntamiento hay 29,7 millones de euros, pero se deben más de 136 millones, ¿dónde está el superávit?
En este revolotear de cifras que se me escapan estaba yo, cuando me vino a la mente un libro que leí hace tiempo y cuya lectura recomiendo: "Caterva" del escritor argentino Juan Filloy. El título alude a la multitud de personas o cosas consideradas en grupo, pero sin concierto, o de poco valor o importancia. Y de eso habla precisamente, de un grupo de personas que sobreviven en la calle. Son los homeless en versión argentina. No tienen ninguna posesión material, pero alguno de ellos goza de una mente despierta, de una lengua rápida como espada de mosquetero, que trae loco a algún que otro policía que intenta hacerles la vida imposible.
En este maravilloso libro hay filosofía, poesía, libertad en cada uno de sus carácteres, pero de lo que más hay es inteligencia.
Por el lenguaje con el que se expresan los personajes, puede resultar un poco difícil de entender al principio, pero no se agobien, sigan leyendo y verán como, de forma natural, se van acostumbrando y entendiendo todo lo que nos descubre el autor por medio de estos personajes de vida pobre, pero de ricas personalidades.
Y se preguntarán ustedes ¿qué tiene que ver este libro con lo que se ha expuesto al principio de esta entrada? Pues que, como nos explica el autor, a veces hay que encararse con el poder y recordarle que no es tan inteligente como intenta vendernos, ni nosotros el pueblo, tan estúpido, como dicho poder quisiera. Y que incluso ellos deberían dar las mentiras en dosis pequeñas, porque cuando las lanzan tan gordas, no hay quien se las trague.
El señor Filloy, con su ágil pluma, lo dice mucho mejor que yo en boca de uno de los personajes de "Caterva":
-Uno se papura por llegar a la victoria, para halago propio o admiración de los demás:nunca para apresurar la imbecilidad de encontrarse consigo mismo...
Busquen el libro en las bibliotecas, en las librerías. Pidánselo prestado a alguien que lo tenga. Pero, por favor, no se lo pierdan.

sábado, 8 de marzo de 2014

UN SIMPLE PROFESOR

"EL PROFESOR DE ESCUELA"
de Jules David



Estando un día paseando con una amiga, nos encontramos con unos conocidos de ella. Tras saludarles, parece ser que mi amiga se sintió en la obligación de explicarme:
-Ella ocupa un puesto de responsabilidad en un banco. Él es un simple profesor. Aquí la que vale es ella.
Todavía hoy no sé qué me molestó más, si el que hubiera elegido un adjetivo tan inadecuado como es "simple" para calificar el sustantivo profesor, o el tono un tanto despectivo con que pronunció la segunda frase.

Hace unos años decidí aprender inglés, así que me matriculé en una academia. Allí tuve la gran suerte de coincidir con uno de los mejores profesores que he tenido en mi vida. Recuerdo que el primer día se dirigió a nosotros de esta manera:
-Mi obligación es enseñarles a ustedes todo lo que sé. La suya es poner el interés y trabajo personal para conseguir aprenderlo.  Si alguien no está conforme con cumplir con su parte, le ruego que abandone la clase en este instante, así evitará que tanto sus compañeros como yo, perdamos el tiempo. Nadie abandonó la clase en ese momento, aunque hubo un par de alumnos que sí tuvieron que hacerlo habiendo avanzado el curso, pues no soportaron el nivel de exigencia, y decidieron abandonar.
 Ese profesor se llamaba Don Manuel. Tenía un profundo sentido del deber. La puntualidad era una de sus cualidades como docente, la otra era el amplio conocimiento que tenía de la materia que nos impartía. Sus clases duraban siempre más de sesenta minutos y, sin embargo, se nos hacían cortísimas.
Un día no se presentó a la hora de comenzar la clase. Los demás se fueron pero yo decidí esperarle, imaginándome que tendría una buena razón para no estar allí, y sabiendo que aparecería en cualquier momento. Así fue. Cuando llegó, ya pasada la hora, venía desencajado porque había tenido un percance con el coche. Se disculpó y me dijo que esa hora se recuperaría durante la semana. Cumplió con su palabra.

En  un curso de inglés que hice en la universidad, tuve a una profesora que desde el primer momento me atrapó con su agilidad y con la ilusión con las que impartía todo lo que sabía sobre el idioma que, como demostró, era mucho. Se llamaba Marisa.
Un día al corregirme una frase que había dicho delante de toda la clase, le dije que no estaba de acuerdo con esa corrección, que pensaba que la había hecho correctamente. Ella insistió en que estaba equivocada, así que preferí callarme. Al llegar a casa, comprobé que era yo quien tenía razón. Estuve dándole vueltas toda la noche, sobre cómo podía reanudar nuestra conversación de ese día para aclararlo todo. No me hizo falta seguir preocupándome. Nada más comenzar la clase nos explicó:
¿Recordáis -dijo-, la discusión que tuvimos ayer vuestra compañera y yo sobre ésta frase? Lo he comprobado, y he visto que ella estaba en lo cierto por lo que, pido disculpas y os transcribo en la pizarra la frase de forma correcta.
Podía habérmelo dicho en privado o, incluso, haberlo dejado pasar. Sin embargo tuvo la humildad y la honradez de aclararlo delante de toda la clase. Eso sólo lo hacen los grandes de verdad.

En uno de mis paseos domingueros, coincidí con una conocida que es profesora. Me comentó que estaba pasando una mala racha pues le habían advertido que si volvía a desobedecer las órdenes de la dirección, se le abriría expediente. Al parecer se había animado con eso de ser buena profesora, y en lugar de limitarse a tener calladitos y quietecitos a sus alumnos, dejando simplemente pasar las horas tontamente tal y como le habían ordenado,  se atrevió a avanzar en la materia.
¡Insensata!, ¿cómo se le pudo ocurrir pretender que sus alumnos aprendieran un poco más de lo establecido en el programa? Si se permitieran desatinos como ése, podría contagiarse al alumnado de unas terribles ganas de aprender, y eso sería nefasto para ellos. Y si esa fiebre de un más amplio conocimiento se extendiera a otras aulas o, peor aún, a otros centros, la cosa podría acabar en epidemia.

Una de las cualidades más características de cualquier dictador que se precie es intentar, por todos los medios, que el pueblo al que dice representar, viva en la más absoluta de las ignorancias. Y para eso no escatima medios. Se puede hacer por la fuerza pero, claro, eso tiene mala prensa. Es entonces cuando, en un alarde de ingenio, se decide hacer de forma más civilizada, por no decir, sibilina. Bien mediante recortes en los presupuestos para cosas tan importantes como puede ser la enseñanza pública, o bien mediante la aprobación de normas, reglas, incluso leyes, que obstaculicen lo más posible la labor de los que son una de las fuentes del conocimiento: los profesores. El problema surge cuando algunos de éstos no pasan por el aro. Es entonces cuando se pide la colaboración tanto del resto del personal de los centros como, incluso, de los padres de los alumnos. Y aunque parezca mentira, siempre hay alguno en ambos grupos que bien por intereses políticos, o bien por intereses meramente privados  que, en algunos casos, vienen a ser lo mismo, están dispuestos a crear intrigas al lado de las cuales, las de la época de los Tudor, parecerían meras chapuzas.
Tal y como nos están dejando el país los políticos que nos toca sufrir, nosotros y, sobre todo, las generaciones venideras, vamos a necesitar de profesionales que nos armen con su conocimiento. ¿Y quiénes mejor que los profesores?  Así que desde estas líneas yo les pido que no se desanimen, que no se rindan. Que sigan siendo lo que han sido hasta ahora: unos "simples" buenísimos profesores.

martes, 4 de marzo de 2014

HEMBRAS


"UNA CONFESIÓN"
De William Tom Warrener



Laura nació en una aldea de galicia, en el año 1931. Cuando tenía unos seis años, viendo que sus hermanos varones iban a la escuela, ella también quiso ir con ellos. Pero su padre le dijo que las hembras no tenían necesidad de aprender a leer y escribir, puesto que no hacían el servicio militar. Y así fue como Laura, como otras niñas de aquella época, se quedó primero en casa, ayudando en las labores y en el cuidado de sus hermanos más pequeños , y luego salió a trabajar en el campo. Ese sería el principio de un largo recorrido de trabajo duro y muchas penurias. Pero en la cabeza de Laura, nunca se esfumaron las ganas de aprender las letras y los números. No fue hasta que se casó que, a base de ahorrar de aquí y allá, consiguió un dinerillo extra para pagar a una profesora particular que le enseñara a leer y escribir, mientras sus hijas estaban en el colegio. Porque eso siempre lo tuvo claro, que sus hijas sí iban a estudiar, para que ninguna de ellas pasara por lo que ella tuvo que pasar.
Hace unos días una amiga me invitó a que fuera con ella y otro grupo de féminas a una cena que han planeado celebrar el día de la mujer, el próximo 8 de Marzo. Conociéndola lo mucho que alarga las noches cuando sale, preferí rechazar la proposición, porque al día siguiente me va a tocar madrugar. Ya en casa pensando, llegué a la conclusión de que no necesitaba ninguna celebración especial, a no ser como excusa para estar con un grupo de amigas, claro. Porque para mí, todos los días son el día de la mujer. Me explico. Hace unos años sufrí una enfermedad que casi me lleva al otro barrio. Como es lógico, lo compartí con un grupo de buenas amigas. Y allí estuvieron todas. Todas, como una piña. Pendientes de mí, animándome, haciéndome reir. Sacando el lado gracioso hasta de lo más triste.
Una me dió consejos de belleza. Otra, me mantuvo siempre puntualmente informada sobre la dieta más conveniente. Otra me llevó lecturas al hospital, para que no se me olvidara que había vida más allá de él. Y todas, todas, me dieron un montón de cariño. Y entre ellas estuvo también Laura, mi madre.
Siempre he estado rodeada de mujeres, hembras hechas así mismas. Ustedes se preguntarán y los hombres ¿dónde estaban? Eso quisiera saber yo, porque amigos también he tenido alguno. De esos que cuando las cosas van bien, caminan erguidos, sacando pecho, como diciendo: aquí estoy yo, para lo que quieras, nena. Y resulta que cuando hicieron falta, no estaban. Sería injusto por mi parte decir que no hay hombres capaces de apechugar con lo malo que la vida a veces nos trae, porque sé que sí los hay. Pero yo no he tenido la suerte, hasta ahora, de encontrarlos. Sin embargo, con ellas, qué diferente ha sido todo.
No hay más que observar en las salas de espera de cualquier consulta médica. De cada diez hombres, nueve suelen ir acompañados, por una mujer. Sin embargo, en las consultas de temas femeninos, de cada diez mujeres, ocho van sólas y las que van acompañadas,  es por otra mujer. A excepción de las consultas de control de embarazos, claro.
Cada vez que algún sesudo de los que hacen debates en radio o televisión,  pregunta públicamente dónde están las mujeres, que no acceden a puestos de responsabilidad en los trabajos, a mí me entra la risa floja. Y me da por contestarle, aunque no me oiga a través de las ondas: dónde van a estar, donde han estado casi siempre. Cuidando niños, atendiendo ancianos, acompañando enfermos. Sólo alguna catástrofe como la crisis que estamos sufriendo ahora, hace cambiar un poco la situación. Y no será porque ellas no están preparadas. Y  es que se  equivocan, se siguen equivocando una y otra vez a la hora de valorar a las mujeres. Porque, pongamos como ejemplo el tema de la economía.  ¿Conocen mejor economista que cualquiera de esas mujeres que son capaces de estirar un sueldo de 600 Euros hasta el día 30 ó 31 de cada mes? Si es casi un trabajo de milagrero.
Y en cuanto a efectividad en cualquier responsabilidad, ¿hay alguien más efectivo que una mujer que es capaz de atender a un niño, controlar la comida que está guisando, repasar apuntes de una oposición y vigilar la lavadora en la que ha puesto ropa en lejía, para pararla en el punto exacto antes del centrífugado, y que la mencionada lejía no se escape antes de cumplir su misión limpiadora?  Si eso no es ser responsable, efectiva y capacitada, ya me dirán ustedes qué es. Claro que además hace falta una formación académica. Pues resulta que muchas de ellas, sí la tienen. Otras, no han podido acceder porque sus trabajos de laaaaarga jornada y escaso sueldo, no les han permitido asistir a clases. Algunos de ustedes me pueden argumentar que esto mismo le puede pasar a un hombre, y es verdad. Pero seamos sinceros, como una especie de tradición histórica , el peor papel del reparto de derechos sociales y laborales, les ha tocado a las mujeres.
Sin embargo, yo me siento feliz de ser mujer, por eso lo celebro cada día. Cuando me levanto por las mañanas y me miro en el espejo del cuarto de baño, pienso: qué suerte tienes de estar viva, de ser mujer, y de tener siempre cerca a un puñado de hembras, como la copa de un pino.
¡Arriba las mujeres del mundo!.
Os deseo a todas que cada día de vuestra vida sea un maravilloso 8 de Marzo.

jueves, 27 de febrero de 2014

¡ C A R N A V A L!





Frente a lo que la mayoría cree, el carnaval no es para vestirse de tal o cual personaje, sino para desnudarse. Para quitarse de encima el disfraz que llevamos puesto el resto del año. Para hacer caer las máscaras múltiples que nos ponemos al salir de casa cada día, y dejar que salga nuestra verdadera personalidad. Porque, seamos sinceros, ¿quién no se ha puesto alguna vez sobre la boca una sonrisa que no le apetecía en un momento concreto esbozar? ¿hay alguien que pueda afirmar que siempre lleva puesto lo que le apetece, que nunca ha tenido que "vestirse" como obligaba la ocasión?
¿Cúantos de nosotros podrían decir que son quienes quieren ser, las veinticuatro horas del día? Pues eso es el carnaval. Un  streptease en toda regla. Y en ese desnudarse unos sacan la fiera que llevan dentro, otros, su lado más sensible. Los hay que aprovechan el maquillaje para reirse de todo lo que se menea. Y los que se pintan una lágrima sobre el rostro, como símbolo de la tristeza que les ha estado anidando dentro.
Las calles parecen un patchwork de múltiples colores.
Todo es movimiento. Saltos, risas, bailes.
Por aquí aparece una marquesa. Por allí, un león de impresionante melena. Apoyado en una farola vemos a Superman, deseando quizás  que se despeje la plaza, para alzar el vuelo. Y controlándolo todo, está doña Parca. Con su  guadaña bien afilada, esperando que algún descuidado le mire a la cara, le reconozca, y del susto, se valla con ella al otro barrio.
Cada uno lleva el disfraz que puede y como puede. Todo vale. Para lo único que hay que tener profesionalidad es para llevar la máscara. Llevarla con tanta naturalidad, que parezca nuestro propio rostro. De eso quienes mejor saben son los miembros de la clase política. Aunque bien podrían decir que ellos nunca han usado una máscara. Y no mentirían. De lo que ellos hacen uso cada día es de más cara. Y de la dura, además.
¡Feliz Carnaval!.