sábado, 31 de octubre de 2015

DE NUEVO, LOS SANTOS

IGLESIA EN LA MONTAÑA, LARRAU
De Dora Carrington


"Subieron por un sendero que atravesaba el cementerio, donde flores y hierbajos se mezclaban con las tumbas y el aire acercaba los cantos de la iglesia. La pureza de la luz atenuaba la distancia de bosques y colinas, a la vez que agudizaba lo inmediato: las campanillas azules, la aspereza de las lápidas grabadas, los insectos en las hojas de hierba".

Esta pasaje tan bello le he sacado de la novela "Una Chica en Invierno" de Philip Larkin, que estoy leyendo. 
Siempre me ha llamado la atención que a pesar de las pérdidas que vamos sufriendo a lo largo de la vida, ésta continúa como si nada hubiera ocurrido. Donde más clara se hace esta evidencia es en los cementerios. Apenas se ha enterrado a alguien, cuando pequeños brotes de hierba empiezan a crecer alrededor de la nueva tumba. El sol sigue saliendo sobre ella y el aire, a veces, suaviza su entorno y otras, lo revuelve en forma de fuerte viento. Amanece y anochece como siempre, sin importar que alguien se haya ido definitivamente. Todo sigue a su ritmo sea quien sea el nuevo ausente. Por eso no deberíamos darnos tanta importancia. Como una vez me dijo sabiamente una amiga, sólo somos un diminuto puntito en mitad de la inmensidad del universo. Cuando faltemos, nada se va a ver alterado.
Cuando de pequeña alguien me contaba historias sobre las ánimas que en la noche de difuntos salían de los cementerios y comenzaban a vagar, intentaba disimular el miedo que sentía por dentro, tarareando alguna canción. Mi madre, que se daba cuenta del mal rato que estaba pasando, me decía con una sonrisa: no es a los muertos a quien tienes que temer. Ésos nada pueden hacerte ya. Son de los vivos, sobre todo de algunos de ellos, de quien tienes que cuidarte.
El tiempo y la experiencia que de la vida voy sacando, le han dado la razón a mi madre.
Ahora ya no se habla de difuntos. Con la ola de *Halloween, los muertos son "vivientes". Una caricatura creada por una campaña de marketing.
En estos días estoy dividida por sentimientos encontrados. Por un lado las ausencias que, a golpe de recuerdos, se vuelven casi presencias. Por otro, las palabras de mi madre resuenan en mi interior. En plena campaña electoral, esas palabras parecen cobrar más sentido. Sí, es de los vivos de los que hay que cuidarse. De esos "vivos"  que utilizan la política, la economía, la religión, cualquier forma de idea, para tergiversar, manipular, convertir intereses y metas, que deberían ser comunes, en beneficios privados. Ésos no nos dan a elegir entre "truco o trato". El truco, "su" truco consiste en que nos traguemos sus mentiras envueltas en falsas promesas. Y en cuanto al "trato", tampoco  dan ninguna posibilidad de tenerlo. Las leyes las ponen ellos, previamente diseñadas para que se adapten perfectamente a sus propios intereses. Y encima están seguros de ser inmortales.
Un año más, ha llegado el día de Todos los Santos. Pero este año los "vivos" parecen haber puesto en marcha su propia campaña de Halloween. ¡Ay, si los muertos levantaran la cabeza...!






*Viene de la expresión: "All Hallow Even", que significa: Anochecer de Todos los Santos. 
  


miércoles, 28 de octubre de 2015

LO QUE QUEDA DEL DÍA

"EL ALUMNO SERIO"
De Eastman Johnson


Recuerdo que cuando era una cría, al llegar las noches de invierno, nos quedábamos mis padres, mi hermana y yo, al calor de la cocina. Mi madre siempre andaba enredada en prepararnos la cena, y aprovechaba para cocinar también  la comida del día siguiente. Si ese día tocaban sopas de ajo para cenar, el vapor que el puchero desprendía como señal de que la cocina de carbón estaba en pleno rendimiento,  añadía más calorcito al ambiente. El olor del ajo y el pimentón, iban haciendo resonar las tripas. 
No importaba lo cansados que mis padres estuvieran, siempre tenían un rato para charlar entre ellos, y para preguntarnos cómo nos había ido el día en el cole.
Después de la cena, siempre había un tiempo muerto. Ése que cada uno aprovechaba para hacer lo que más le gustara. A mi padre lo que más le gustaba era irse a dormir. Mi madre se quedaba con nosotras. Estirando ese momento de la noche, alargando lo que quedaba del día, intentaba cobrarle todo el tiempo que las obligaciones le habían robado de estar con sus niñas. 
En verano el plan nocturno cambiaba. Después de cenar nos íbamos a la avenida de los Reyes Católicos. Por aquella época esa avenida no estaba tan invadida por  coches aparcados. El margen del río, que aún hoy  la divide  en dos, no estaba tan cuidado, pero tenía su encanto. Se oía el croar de las ranas, y el cantar de algún que otro saltamontes, añadía una sensación de paz. Nos sentábamos en uno de los bancos pegados a la barandilla del río, y nos quedábamos charlando, o callados, mirando el cielo, observando las estrellas que en aquella época, parecían ser más numerosas y estar más cerca. En ese momento todo se detenía. No había cansancio, ni problemas. Sólo silencio y buena compañía. El silencio a veces era interrumpido por alguna historia que nos contaba mi padre. Nosotras tres, para hacerle rabiar, le decíamos:
-¿Otra vez la misma batallita? ¡No, por favor!
Aunque nuestra chufla preferida era cuando una de las dos niñas nos poníamos a su lado, de pie, haciendo como que le estaba dando cuerda mientras él nos contaba, por enésima vez, la misma historia.
Todos estos recuerdos me han venido a la cabeza al mirar el cuadro de Eastman Johnson que he puesto para encabezar esta entrada.
Un hombre sentado en una silla, con una pierna sobre otra, está tocando una flauta. 
Por los objetos que se adivinan a través del oscuro fondo, parece estar en la cocina. No debe hacer mucho calor en la estancia, porque no se ha quitado su prenda de abrigo, que al tenerla abierta, nos deja ver  el chaleco que lleva debajo. Su cabeza está cubierta por una gorra con visera. Las manos del hombre no parecen de músico. Son nervudas. Los dedos largos y delgados de su mano izquierda, tal vez se deslizan con suavidad sobre los agujeros del instrumento, mientras que algunos de los de su mano derecha, revolotean en el aire, como intentando tocar las notas que salen de la flauta, antes de que se pierdan definitivamente en el aire. 
El rostro del hombre es delgado. Sus mejillas parecen casi juntarse por debajo de su larga nariz. Las cejas, en un gesto ceñudo, indican que hay algo que rompe la armonía del momento. Pero lo que más me ha atraído desde el principio es su mirada. Sus ojos no desprenden tranquilidad. ¿Qué les perturba?  Miran hacia algún punto que no está en el lugar donde él se encuentra. 
Frente al hombre, un niño sentado en otra silla,  se apoya en la pierna cruzada de ese hombre. En una de sus pequeñas manos, sostiene una flauta, más corta. La otra descansa sobre la rodilla del adulto. Es tan pequeño, que se ha tenido que sentar en la orilla de la silla porque si no, probablemente, no llegaría a poder alcanzar el cuerpo del hombre que tiene frente a él. La mayor parte del pálido  rostro infantil, así como el del adulto, están iluminados por la poca luz que hay en la estancia. Los ojos del crío, sin embargo, parecen cubiertos por una sombra a modo de antifaz. Eso no impide que veamos que su mirada está clavada en cada uno de los movimientos de las manos del hombre. Seguramente preguntándose cuándo será él capaz de tocar así. Por una especie de mimetismo, la boca infantil se cierra, extendiendo los labios hacia afuera, como si quisiera tocar con ellos las notas que brotan de la flauta del hombre.
En la tapicería de la silla donde el niño está sentado, descansa también parte de la luz.
El primer plano es para una de las botas que calza el hombre, donde lucen unos dibujos tallados.
Dos personajes separados por unos cuantos años. Dos aptitudes totalmente distintas. El hombre quizá agotado. El niño, sin embargo, está deseoso de comerse con los ojos todo lo que le rodea, de aprender. Su pequeño cuerpo, un tanto inclinado hacia delante, parece querer empezar a moverse, atraído por la música del espontáneo Hamelín que tiene cerca de él.
Dos vidas en un pequeño espacio. Cada parte del cuerpo de los dos personajes, nos hace imaginarnos una y mil historias. O, como en mi caso, recordar la vividas hace un tiempo.
Me gusta la pintura del señor Johnson. Exprime cada latido de la cotidianidad. 



sábado, 24 de octubre de 2015

LAS VOCES DEL BOSQUE

Imagen sacada de Internet

"De la tierra procedemos, y en nuestro camino el rizado musgo sobrevivió a los rayos del sol, alivió nuestros labios sedientos, pues retiene la lluvia perdida. Descendientes del musgo somos, y así se llamarán nuestros hijos."

Este extracto lo he sacado del maravilloso libro que acabo de terminar, "Los Descendientes del Musgo" de Moisés Pascual Pozas. Es uno de esos libros que yo defino como "dolientes" porque  en las historias que en él nos narra su autor, hay mucho dolor, mucha miseria, mucha injusticia. Hay muchas voces acalladas, voces que se quedaron colgadas de las ramas de los árboles de los bosques que, en un principio, los protagonistas habitaron. Uno de sus descendientes, nos narra todas esas historias para que no caigan en el pozo de la indiferencia, o lo que sería peor, del olvido. Pero es que además el señor Pascual Pozas nos lo cuenta con una riqueza de vocabulario, con un tono poético, que según lo vas leyendo, no te vas dando cuenta que, precisamente por toda esa belleza en la que está envuelto, su mensaje se te queda tatuado en la mirada y en el corazón, para siempre.
El autor respeta la lengua de los protagonistas de sus historias. Una lengua que ya no se usa, pero que era rica en vocabulario y en matices. Éste es un libro para disfrutar de buena literatura, pero también para aprender. Es de esos libros para los que se necesita el diccionario cerca. Cuando acabas de leerlo, sabes más sobre la historia de los descendientes del musgo, que no es otra que nuestra propia historia y, además, tienes un vocabulario más amplio.
Es un libro para leer despacio, masticando cada palabra. Salivando cada frase. Cuando acabas una página y avanzas a la siguiente, te das cuenta  que no puedes seguir,  que tienes que volver a leer esa página porque te ha aportado tanta belleza, que no te puedes despegar de ella. Y retrocedes. Vuelves a dejar que tus ojos recorran esa frase, ese trozo de poesía doliente, sí, pero hermosa. Palabras que te hablan de muerte, pero también de vida. De injusticia pero también de esperanza. 
El paisaje es protagonista pero no el único, porque el señor Pascual Pozas da importancia a todo lo que rodea a los humanos que habitan en sus historias. Los objetos, los sonidos, tienen también su importancia. Los gestos, esos en los que, por pequeños y cotidianos, pocas miradas se detienen. La del señor Pascual Pozas sí lo hace. Vean sino en estas frases:

"Las campanadas se agarraban unas a otras en la eterna canción de la prisa. Los faroles agujereaban la oscuridad golpeando la llama en su cárcel de cristal".

"En la alcoba una vela y una mano callosa que limpia el sudor de una frente".

Hace unos días pude oír un comentario de una representante de un partido político que decía, refiriéndose a las personas que siguen buscando el lugar donde sus seres queridos fueron enterrados durante nuestra guerra civil, que no contaran con ella para abrir viejas heridas. Que era necesario olvidar lo ocurrido y mirar hacia adelante.
Hablando sobre este tema  con una amiga, se preguntaba: ¿cómo se puede abrir una herida que no ha sido previamente cerrada?  ¿A quién puede molestar saber dónde están, a los que ganaron la guerra? Porque los que la perdieron muertos están, y sus descendientes, lo único que piden es saber dónde se encuentran sus restos.
Estuvimos comentando también las declaraciones que, en ese mismo programa, hicieron algunos de los que siguen buscando los huesos de sus familiares. Una de ellas era maestra, como lo fueron sus padres, asesinados durante nuestra guerra civil. Ella también buscaba el lugar donde sus progenitores estaban enterrados. Decía que quizá ella ya no podría llegar a encontrarlo antes de morirse, máxime teniendo en cuenta todas las trabas que la estaban poniendo,  pero que mientras viviera, las voces de sus padres no iban a ser acalladas.
Nunca he entendido que se hable de la importancia de conocer toda la verdad sobre las guerras de otros países. Se escriban informes superdetallados sobre todo lo acontecido en Alemania, Francia, Polonia y un largo etcétera de países y, cuando se habla de España, se cierra la pluma, se apagan los ordenadores y chitón.
La historia de un país castrada, no es historia, es una pantomima. Es necesario dar fe de lo acontecido, enterrar como es debido a los muertos. A todos. Y entonces, sí, mirar hacia adelante, pero sin olvidar nuestro pasado para evitar caer en el mismo error. 
Para eso están los libros como el que ha escrito Moisés Pascual Pozas, para contarnos  esa parte de la historia, de nuestra historia, que con tanto celo algunos quieren mantener en la oscuridad.
Lo mismo que el musgo retiene la lluvia que en tiempos de mucho calor puede aliviar nuestra sed, nuestra memoria debería retener todo lo sucedido en el pasado, para que cuando surgieran tiempos de incertidumbre, pudiéramos alimentarnos de su conocimiento y evitar repetir sus errores.
No dejen de leer esta joya.




martes, 20 de octubre de 2015

B E S O S

"EL BESO"
De Gustav Klimt


Hay veces que la vida te sorprende con algo inesperado. Algo bonito.  Eso me ocurrió un día que había quedado con una amiga para tomar un café. Estábamos charlando, cuando ella sacó un paquete de su bolso. Lo posó sobre la mesa y,  acercándomelo, simplemente dijo:
-Toma. Es para ti.
Al abrirlo me encontré con una figura que representaba El Beso de Gustav Klimt.  Me quedé con la boca abierta. Desde que viera por primera vez en un libro una reproducción de esta obra, no he dejado de admirarla. Los colores, la luz que desprende. Pero quizá por haberlo visto muchas veces, no me había percatado de algunos detalles. Fue días después de que mi amiga me lo regalara, cuando al coger la figura, por decimoquinta vez,  empecé a mirarla de verdad.
El cuerpo de él está cubierto por una túnica cuyo estampado, que reposa sobre un fondo dorado, recuerda los símbolos que utilizaban los egipcios en los lugares donde enterraban a sus faraones. El de ella está envuelto en un vestido, también de fondo dorado, pero cuyos adornos parecen de otra época, más actual. Mientras que el blanco y el negro son los colores que adornan al hombre, la paleta de tonos es mucho más amplia en el caso de ella. Rosas, azules, amarillos, algún verde, decoran las formas femeninas hasta un poco más abajo de los hombros, que quedan al descubierto. Igual que parte de sus piernas, adornadas con dibujos dorados, hasta los talones. 
El brazo derecho de la mujer rodea el cuello de él. La mano femenina, parece que cae abandonada. Él también recorre el cuello de ella pero con su brazo izquierdo, hasta cubrir con los largos dedos de su mano siniestra, el cabello y la oreja femeninos. Su diestra parece en parte reposar sobre el hombro de ella, mientras que otra parte acaricia levemente la mejilla de su amada. Todos estos movimientos son seguidos de cerca, de muy cerca, por la mano izquierda de ella, que parece querer indicarle  por donde ha de ir recorriéndola.
El pelo oscuro de él, está adornado con unas hojas verdes. El de ella, más claro, largo, y ondulante, está salpicado por adornos, algunos con forma de estrella, blancos, negros, verdes.
Tanto él, que está de pie, como ella, de rodillas, reposan sobre una base de verde hierba con flores de muchos colores. Parte de algún adorno de la túnica de él, y de los de las piernas de ella, cubren el verde. Aunque no sabría decirles si es desde los cuerpos de la pareja de donde escapan dichos adornos para reposar en el suelo, o es al revés, que desde el suelo, su amor los hace brotar y adherirse a sus cuerpos, como la hiedra. 
Los dos tienen los ojos cerrados. Las mejillas de ambos tienen un tono rosado ¿quizá por el cambio de temperatura debido a la cercanía de sus cuerpos? ¿o tal vez como prueba de timidez de un posible primer beso?
El tono rojo de los labios de ella puede verse porque su boca está libre. La de él, sin embargo, besa una de las mejillas de la mujer. Y es éso lo que más sorprende de esta imagen, que siendo como es,  un beso en la mejilla, está lleno de pasión, de sensualidad, incluso erotismo. Como si ambas bocas estuvieran fundiéndose en una. 
Parece representar el principio de un todo. Como si de Adán y Eva se tratara. 
El contemplarles me ha traído a la cabeza un maravilloso párrafo de la novela de Erri de Luca: "Los Peces No cierran los Ojos", que no puedo sino transcribirles aquí, para que disfruten de su belleza.
La primera pareja humana, creada en un jardín el sexto día tuvo por encima de ella la primera noche inconmensurable. Sin saberlo ellos, despuntó en sus cuerpos el apetito, la sed, el entusiasmo y el sueño. La primera noche, desconocida, les pareció a ellos el resto del día primero, desmigajado en puntitos de luz. No sabían si regresaría el sol, de modo que se abrazaron. Las bocas se vieron juntas e inventaron el beso, el primer fruto del conocimiento. Era mercurio, aquel conocimiento, un líquido sensible a la temperatura de los cuerpos.

¿Quién no desearía recibir uno, mil besos como éste?


viernes, 16 de octubre de 2015

MANOS INVISIBLES

Trabajadores en el Empire State
(Imagen sacada de Internet)


Acabo de salir del trabajo y me dirijo a casa. Un grupo de adolescentes camina delante mía. Son cinco chavales con sus mochilas, sus cazadoras haciendo juego con sus playeras. Alguno de ellos lleva el móvil en la mano. Van riendo y hablando en alto. Pura energía. Intento adelantarles pero no puedo, así que me resigno a ir a su paso. Hablan de uno y de otro. En un momento determinado, uno de ellos menciona el nombre del que debe ser algún compañero suyo de clase. Entonces es cuando suelta la frase:
-Su padre es un obrerito.
Se hace el silencio. Ya no hay risas, ni voces. Todos caminan cabizbajos, excepto el que ha soltado el comentario, que busca en los rostros de los otros un gesto de apoyo a su "gracia". Al final lo encuentra, agazapado en alguna que otra tímida sonrisa. 
No sabría decir qué es lo que más me ha revuelto, el diminutivo, el tono con que lo ha escupido, o el silencio cómplice del resto de la panda.
Ahora sí, los adelanto. No quiero ir cerca de ellos. 
En casa me pongo a preparar cosas para el día siguiente, pero no se me va de la cabeza lo que acabo de oír y ver. Todo ésto me hace reflexionar. ¿Qué estamos haciendo con los jóvenes? ¿Qué clase de educación, qué forma de pensar se les está inculcando para que hablen despectivamente de alguien, por el simple hecho de que no pertenezca a su clase social? ¿Nadie les ha explicado que hay muchas profesiones que pueden hacer ganar un salario, pero que sólo hay una correcta de hacerlo: el trabajo bien hecho y el afán diario? Alguien debería decirles que detrás de esas cazadoras super-molonas que lucen, está el esfuerzo, el buen hacer de las manos que las han confeccionado. Lo mismo que en el caso de sus playeras, o sus móviles último modelo. Quizás sus padres pertenezcan al grupo VIP de los profesionales, pero deberían pararse a pensar que si sus padres y ellos tienen lo que tienen, no es sólo debido a su trabajo, también se lo deben al trabajo de otras personas que  con su labor, hacen de sus vidas algo mucho más fácil. No hay ningún trabajo que no sea importante. Cada uno en su categoría aporta lo necesario para que la enorme cadena que formamos entre todos, funcione. El que haya trabajos que no se valoren económicamente, y personas que son explotadas miserablemente, no depende del trabajo, ni de quien lo realiza, sino de la falta de conciencia de quien está recibiendo sus beneficios, y no es capaz de reconocerlo. Tan importante es en la sociedad un médico, como un minero, como un electricista, o una asistenta de hogar. Todos tienen su función. ¿Se imaginan qué sería del médico si no tuviera quien le limpiase la casa, o el quirófano?  Basta ya de tonterías, de falsas ideas de grandeza. Lo que da prestigio a un profesional, sea cual sea su categoría, no es la categoría en sí, sino cómo realiza su trabajo.
Todas estas reflexiones me remiten a pasadas lecturas. En un libro que leí este verano, "Diario Irlandés" de Heinrich Böll, en el capítulo titulado "En Defensa de Los Lavaderos", su autor comenta que poco después de la publicación de uno de sus libros, un crítico le dijo en tono elogioso que por fin había decidido alejarse del ambiente de la gente pobre, y sus libros ya estaban libres de olor a lavadero y desprovistos de denuncia social.
Y añade el señor Böll: Ese elogio lo recibí en un momento en que empezaba a saberse que dos terceras partes de la humanidad pasan hambre, que en Brasil mueren muchos niños sin llegar a enterarse de a qué sabe la leche, fue pronunciado en un mundo que apesta a explotación del hombre por el hombre; en el que la pobreza ya no es una fase en el desarrollo de la lucha de clases ni una patria mística, sino solo una especie de lepra de la que conviene guardarse...
¿Les suena de algo todo ésto? Lo digo porque según consta en el ejemplar que tengo de este libro, la primera edición se publicó en alemán en el año 1957. ¿Podríamos decir con orgullo que al día de hoy, en pleno siglo XXI, se han solucionado los problemas sociales planteados por este autor ? Me temo que la respuesta es no. Lo único que se ha hecho es trasladarlos, más aún, extenderlos por otras partes del mundo.
Otra lectura que me ha marcado considerablemente es la de la novela de Isaac Rosa: "La Mano Invisible". Está escrita como un thriller. Este escritor, al que ya cuando leí su novela anterior "El País del Miedo",  guardé en un rincón en mi memoria de lectora, nos describe en un tono de misterio, la historia de varios trabajadores que son contratados por no saben exactamente quién, para realizar diferentes trabajos manuales. 
El señor Rosa crea tal atmósfera de tensión, que tuve que dejar de leer la novela durante unos días. La devolví a la biblioteca con la intención de no seguir leyéndola, pero no pude. Volví a por ella, y llegué hasta el final. Así supe hasta qué punto se puede llegar a jugar con la clase trabajadora. 
Esta novela deberían leerla el grupo de jóvenes que les menciono arriba. Ellos y muchos más, para que supieran lo que es la verdadera dignidad de la clase trabajadora, y como ésta se puede llegar a utilizar en contra de esa misma clase. 
Detrás de todo lo que nos facilita la vida, hay muchas manos que realizan diariamente su trabajo. Hemos llegado a ignorarlas tanto, a ellas y a sus dueños, que las hemos convertido en invisibles.
Quién sabe si algún día nuestra vida pueda depender de ellas.




martes, 13 de octubre de 2015

LOS ELFOS TOMAN TÉ


ILUSTRACIÓN DEL MUNDO DE LOS ELFOS
De Richard Doyle



Hay libros que no sabes cómo explicar, historias que son difíciles de contar porque parecen construidas a base de sensaciones que van más allá de lo racional, de lo humano. Éste es el caso de la novela que traigo hoy, su título: "La Vida de los Elfos" de Muriel Barbery. De la autora creo que no hay que hacer presentaciones pues desde que nos mostrara la "Elegancia del Erizo", su nombre ha quedado grabado en nuestras memorias. 
Lo que la contraportada de este libro explica es que nos vamos a encontrar con la historia de dos niñas que viven en diferentes países y que están destinadas a unirse porque tienen un don en común: las dos están en contacto con el mundo de los elfos. 
He de confesar que cuando cogí el libro en la biblioteca, tuve mis dudas, pero pensé que siendo como era la autora, una buena contadora de historias, por muy extraña que ésta me pareciera, no iba a perder nada con leerla. Para mi sorpresa lo que me encontré es una de esas historias-trampa. Así es como yo describo  las historias que están llenas de capas. Depende de cada lector hasta dónde quiere llegar  a "leer".  En la primera capa, al comenzar a recorrer con la mirada el relato, te encuentras con un bello lenguaje, con el que la autora te va describiendo el paisaje que rodea a una de las niñas. La naturaleza es un personaje muy  importante. Árboles, flores, ríos, animales, todo lo que desprende belleza y vida, es importante.
Tus ojos van avanzando poco a poco. A veces tienes que detenerte en alguna de las frases porque no habla de algo tangible, es entonces cuando te percatas de que ahí hay algo más. Algo que no se ve, ni se toca. Sólo se siente. Es el mundo de los sentidos, del instinto, del conocimiento heredado de nuestros ancestros. Ese conocimiento que mana de la naturaleza, y que algunos han perdido, y otros lo tienen adormecido en su interior, porque según hemos avanzado en el mundo, nos hemos alejado de lo importante, de nuestras raíces. Porque los humanos, como los árboles, tenemos raíces y necesitamos el contacto con la tierra, el aire, el agua, para sentirnos realmente vivos. Rodeados de hormigón y ruidos, nuestros oídos se han quedado sordos, no perciben otros sonidos, los que nos comunican con lo auténtico,  con nuestro propio interior.
Sigo avanzando y, de repente, me encuentro con frases como éstas:
-Las guerras tienen lugar en campos de batalla, pero se deciden en aposentos de gobernadores, que son hombres expertos en el manejo de ficciones. Sin embargo, también hay otros lugares, y otras ficciones...
-Hay que confiar en los músicos y los poetas.
Vaya, me digo, esto es más de lo que parece. Sigo avanzando, penetrando en la siguiente capa. Así es como voy enterándome de que Clara, una de las niñas protagonistas que ha sido enviada a Roma,  tiene el don de la música. Es capaz de tocar el piano sin haber recibido ninguna clase. Hay alguien que se percata de ese don y ha ido en su busca. Es el Maestro. Por medio de él, vamos conociendo más personajes, como Leonor, su esposa, una mujer a la que: el destino la había convertido en un alma soñadora dotada del poder del más allá, tanto que, junto a ella, uno sentía nacer ventanas al infinito y comprendía que solo ahondando en uno mismo se escapa de las cárceles. 
Pero, ¿para qué ha buscado el Maestro a Clara? Para ponerla en contacto con otro niña, María, que vive en Francia. Ambas tendrán que enfrentarse a una amenaza tomando parte en una batalla. María será el catalizador, Clara el pasador. La amenaza vendrá en forma de guerra, y como decía la primera de las frases que he trascrito aquí, ésta se decide en los aposentos de los gobernadores. La primera vez que Clara ve al Gobernador, sabrá que es la personificación del Mal. 
La señora Barbery nos explica en esta novela la importancia de la imaginación, de la creatividad. Alguien inventa una historia, y con ella puede llevar a la humanidad hacia un lado u otro. Es el poder de la palabra, primero hablada, luego transmitida también por escrito. El diálogo entre dos de los personajes de esta historia nos lo deja claro:
-¿Qué hace falta para cambiar la realidad?
-Pues historias.
Como ya les dije, ésta es una historia que no se puede contar. Hay que leerla y que cada cual saque sus propias conclusiones. Que cada uno se quede en la capa que quiera. Aunque quizá sólo siendo capaz de leer entre líneas, se podrá llegar al mundo de los elfos. Un mundo lleno de magia, aunque no tan distinto del nuestro. ¿Sabían ustedes que a los elfos les gusta el té? 
Dada mi afición a esa bebida, ¿será que habita un elfo en mi interior?

viernes, 9 de octubre de 2015

¡PASAJEROS AL TREN!

"EN EL COMPARTIMENTO DEL TREN"
De Paul-Gustave Fischer


Uno de los regalos que recibí este año, el día de mi cumpleaños, fue un libro titulado:"TRENES DE ENSUEÑO-Viajes Inolvidables Sobre Raíles". Es de ese tipo de libros que vas leyendo lentamente, intercalando su lectura con otras. Aunque en ocasiones apetece cogerlo sólo para contemplar las maravillosas fotografías que tiene, deleitándose con las imágenes de lugares que, al menos en mi caso, posiblemente nunca llegaré a conocer. Sin embargo, ojear este libro me ha trasladado a alguno de los viajes que sí hice. Para mí emprender un viaje en tren era la posibilidad de una nueva aventura. Hablo de una época en la que la gente buscaba cualquier excusa para hablar con sus compañeros de compartimento, incluso, en los viajes de largo recorrido, intercambiar viandas y refrigerios. Y en esos recuerdos también han encontrado cabida los olores. Recuerdo que cuando era niña e íbamos a pasar los veranos a Galicia, llegada la hora de comer, se veía a la gente abrir las bolsas cargadas de alimentos varios, y el tren se llenaba del olor a cocina casera. Tortillas de patata, embutidos, pan de hogaza de buena miga, empanadas, hasta pescado rebozado. ¡Qué rico!. Si cerrabas los ojos e inspirabas, parecía que estuvieras en tu propia casa.
Al llegar a Ponferrada, siempre se repetía la misma escena, como un maravilloso ritual. Allí subían los vendedores de mantecados, cargados con enormes bolsas llenas de cajas de ésta y otras variedades de dulces.
¡Mantecado! -gritaban- ¡Al rico mantecaaado!
Y la gente buscaba el monedero para comprar una caja para que los niños desayunaran. O para la tía Mengana o la prima Cipriana que, como golosas oficiales de la familia que eran, siempre esperaban que quien llegase a su casa, llevara algún dulce.
Pero lo que con más cariño recuerdo de esos largos y olorosos viajes son las historias que, algunos pasajeros que venían de lugares alejados de su terruña, compartían con los demás. Algunos venían de Alemania, otros de Suiza, la mayoría de Francia. Yo me quedaba escuchándoles. Mi madre más de una vez tuvo que recordarme que cerrara la boca, pues me quedaba con ella abierta, de puro embelesamiento. Eran historias mágicas sobre lugares para mí desconocidos. Cada uno traía su propia "batalla". Si ésta había sido ganada, era contada de forma bravucona y entre risotadas. En cambio la perdida, se relataba con voz entrecortada y ojos llorosos. Pero lo que más me llamaba la atención de esos hombres y mujeres eran sus brazos y sus manos. Fuertes, acostumbrados al trabajo duro. Capaces de cargar con maletas y bolsas grandes y llenas, como armarios, pero capaces también de expresar ternura. Como cuando apartaban el flequillo de la frente de su hijo más pequeño. O cuando abrían la caja de los famosos mantecados, y quitaban, con sumo cuidado, el papel que les envolvía, para que no se les rompiera, y se lo daban, con la mirada llena de cariño, a su revoltosa hija, que por fin se había quedado quieta esperando ese pequeño manjar.
Entonces los trenes echaban humo por sus chimeneas. Los viajes eran lentos, por eso daban pie al acercamiento entre pasajeros. Quizás se podrían considerar también poco higiénicos. Pero tenían una calidez que con el tiempo fueron perdiendo. Hasta la llegada del revisor era un acontecimiento, sobre todo si te tocaba uno de esos a los que sólo necesitaba que le tirasen un poco de la lengua, entonces la juerga estaba asegurada. 
Esos trenes también tenían su peligro, recuerdo que en uno de mis viajes a Galicia, el tren se quedó sin luz y tuvimos que viajar durante muchos kilómetros a oscuras. Pero hasta para estas situaciones incómodas, la gente tenía su chispa. Como el espontáneo que, viendo que las estaciones iban pasando, y nadie arreglaba el problema, decía a voz en grito, medio en bromas, medio en serio: ¡Cuidado con los carteristas!
Con el tiempo mejoraron los trenes. Más veloces, más asépticos, más fríos. Recuerdo uno de mis últimos viajes, ya de esos, de alta velocidad. Llegó un chico que ni siquiera saludó, sacó un libro que ni se molestó en abrir, y desvió su mirada hacia la ventanilla. Otro apareció con los cascos puestos, y no se los quitó, ni mientras estuvo comiendo unas galletas. Hubo quien según se sentó, se quedó dormido. Cada uno en su cápsula. ¿Para qué iban a necesitar los nuevos trenes compartimentos?
Es curioso que los trenes de más lujo, son aquellos que conservan el mobiliario, el ambiente de su época, como el Orient -Express cuyo recorrido Londres-Venecia-Estambul-Estocolmo, me ha dado ganas de salir de mi casa, como el fugitivo. Este tren en su apogeo, en los años treinta, era conocido como el rey de los trenes y el tren de los reyes. Yo nunca he viajado con reyes. Pero una vez sí viajé con un polizón. Un hombre que no tenía dinero para pagar el billete, al parecer no tuvo mucha suerte, y necesitaba volver a su casa porque su mujer estaba enferma. Se colocó en uno de los huecos reservados para el equipaje. Cuando llegó el revisor se encontró a un grupo de pasajeros con un repentino y extraño común interés en mirarse los zapatos. 
Yo tuve que morderme la lengua, no para mantenerme callada, sino para que no me diera la risa. Esa risa tonta que a veces intenta salir en el momento menos oportuno. 
Cuando el revisor se marchó, el hombre nos dio las gracias. Aún hoy puedo ver su mirada de angustia, desfallecida. La de los derrotados por los golpes de la vida,  que vuelven a casa sin ninguno de sus sueños cumplidos. 

Me temo que este viaje ha llegado a su fin. Espero que ninguno de ustedes haya acabado mareado.




lunes, 5 de octubre de 2015

LA SOLEDAD DE LOS VALIENTES

Hace unos días fui a ver la película "Francisco: El Padre Jorge". Cuando elijo una película lo hago después de haber leído algún comentario o crítica de ella. Hay críticas negativas que en lugar de quitarte las ganas de ver el film, tienen el efecto contrario, el de hacerlo más atractivo. Pero no fue eso lo único que me decidió. También tuvo su peso el hecho de que entre su reparto estuviera una actriz española que siempre me ha parecido especial, me refiero a Silvia Abascal. Hay personas que parecen poseer eso que llaman "ángel", y creo que esta actriz lo tiene.
El director de esta difícil película es Beda Docampo. Quien lleva el peso del papel protagonista es Dario Grandinetti, un hombre cuya sola presencia es capaz de dar versatilidad a su interpretación.

Fotograma de la película 
"Francisco: El Padre Jorge"
(Imagen sacada de Internet)

La historia comienza cuando a una periodista, (Silvia Abascal), la envían a cubrir un reportaje sobre el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, o como él quiere que se le conozca, el Padre Jorge. A través de las entrevistas que la joven le irá haciendo,  conoceremos parte de la vida del religioso y, paralelamente, tendremos también información de la vida de la joven periodista. 
Ésta es una película que debería ver la gente, independientemente de sus creencias, ideologías,  o cualquier otra condición que les encasille en uno u otro grupo, porque es una película que de lo que habla principalmente es de Humanismo. Y al grupo de los humanos pertenecemos todos. O casi...
Lo que me hace permitirme expresar esta duda es lo difícil que se me hace entender el que haya humanos a los que pueda molestar que se haga el bien y que de sus buenos resultados, disfrutemos todos. 
Hay tres escenas que quiero resaltar porque hablan por sí mismas.
Según se nos explica en el film, el padre Jorge siempre ha estado comprometido con los más débiles, con los perseguidos, con los que su pobreza les convierte en carne de mafias. Nunca ha tenido problema en hablar en voz alta contra la corrupción. Y eso en sí mismo parece ser que, para algunos, sí es un problema.
Siendo ya Cardenal, recibe la visita de una importante política. Tan importante, que no le importa tener la descortesía de llegar tarde a la cita. Ésto se lo reprochará el Cardenal de una forma diplomática cuando, en un momento dado, la mujer ensalza el buen sabor del té que le ha sido servido:
Sí, -contesta el hombre-, me ha salido bien. He tenido mucho tiempo para prepararlo.
Eso no le corta ni un pelo a la representante política, quien va directa al grano pidiéndole, en un tono que sería más propio de una exigencia, que deje de insistir con el tema de la corrupción. 
Pues, -añade cínicamente-, los posibles futuros inversores podrían cambiar de idea, y marcharse con sus fortunas a otro país más cómodo para ellos.
Ante la negativa de "colaborar" por parte del  Padre Jorge, la mujer le recuerda que puede conseguir que le destinen a un pequeño despacho, aislado de la gente que él tanto quiere y tanto necesita ver. La respuesta del religioso no se hace esperar:
-¿Cree usted que voy a tener miedo?
En esto de las presiones también hay jerarquías. No se le amenaza igual a un Cardenal que a un sacerdote. Y eso me lleva a otra de las escenas que quiero resaltar. Se sitúa en un barrio marginal lleno de chabolas, donde la droga es la peor lacra. Un joven sacerdote suele ir allí a ayudar a la gente, sobre todo a los jóvenes, a los que intenta convencer de que deben dejar de consumirla. Cuando va caminando, adentrándose en ese laberinto lleno de chapas, una voz le advierte que si no deja de "molestar", su cuerpo acabará flotando en el río.
Hay que ser muy, pero que muy valiente para enfrentarse a eso todos los días. Sobre todo cuando llega el momento, que siempre llega, en que por luchar y defender lo justo, lo correcto, lo que es bueno para que la gente salga de la miseria, uno se queda sólo. Porque ese parece ser el destino de los valientes, la soledad. Y una de las soledades más terribles es la que aísla al justo del resto de los que, en principio, parecían ser de su mismo equipo. Esos que deberían defender lo que es bueno para la gente porque, entre otras cosas, esa era su misión, y que no se sabe en qué momento, deja de ser su principal meta y se convierte en su principal blanco. Y ésto me lleva a una de las escenas que más me impactó y enfadó, cuando después de haberse sabido que el Padre Jorge había sido nombrado Papa, uno de los Cardenales le advierte a otro, con un siseo digno más de una serpiente que de un representante de Dios en la tierra: 
-Alguno va a arrepentirse de haber votado a Jorge Bergoglio.
Estando rodeado por gente así, no es de extrañar que una de las peticiones que hace repetidamente el Padre Jorge a sus amigos, es la de que recen por él. 
Ahora que lo pienso si, como dicen, la vida es circular, los que por su buenas obras se quedan solos, acabarán coincidiendo en su peregrinaje. 
En cuanto a los otros, los malos de vocación, que no les preocupe andar buscando a nadie porque, a buen seguro, siempre estarán rodeados de los de su misma "camada". Ya saben, Dios les cría... 





jueves, 1 de octubre de 2015

EN ZAPATILLAS

Uno de los recuerdos que más grabado tenía mi padre en su memoria era el de los fríos inviernos de su niñez, cuando tenía que andar entre la nieve, (y en aquellos años treinta, las nevadas en Burgos, sí eran de campeonato), con sus zapatillas ya desgastadas de tanto caminar. Como el que le compraran unas nuevas estaba descartado, para evitar el frío y la humedad en lo posible, metía un cartón que hacía de aislante y de plantilla a la vez. El mismo par tenía que durar hasta que se fueran cayendo a trozos.


Imagen sacada de Internet

En un suplemento de la prensa del pasado fin de semana venía un artículo que me ha llamado la atención. Trataba sobre la fiebre que se está extendiendo por algunas ciudades, la de hacer cola durante varios días incluso, con el único propósito de conseguir un determinado modelo de zapatillas super-molonas, que salen a la venta en un número de pares muy reducido. Esa debe de ser una de las razones por las que alcanzan precios que, a mí por lo menos, me causan mareo. El caso es que es tal el fanatismo al que ha llegado el tema, que hay gente que es capaz de hacer cualquier cosa por conseguir uno de esos exclusivos modelos. Los hay que llegan a pagar a un mendigo para que haga cola por él, hasta que abran la tienda. Están los que incluso  van por las bravas, esperan a que otro las compre, y luego se las roban utilizando cuchillos y machetes. Algunos puntos de venta ya han sido saqueados. Todo vale para adquirir ese "tesoro". Pero aún hay más. En esto como en cualquier otro tema siempre están los espabiladillos que intentan sacar el máximo provecho. Así es como se ha llegado a la reventa, y ahí sí que las cifras se disparan. ¿Se pueden creer que hay gente que ha llegado a pagar por un par de zapatillas hasta 8.000 euros? Sí, han leído bien, son tres los ceros que siguen al número ocho. 
Antes he mencionado la palabra fanatismo. Cuando se llega a ese límite en cualquier tema, surgen los gurús. Y ahí tienen ustedes a más de uno que presume de haber coleccionado incluso miles de pares de zapatillas.
Según indicaba una editora en dicho reportaje, es una lucha de egos para ver quién es más influyente. El típico: "yo las tengo y tú no".
Al terminar de leer el artículo me dio por pensar que sólo faltaba que esas super-mega-zapatillas hubieran sido fabricadas en una de esas empresas en las que trabajan, no empleados, sino esclavos. Uno de esos lugares tanto de Oriente, como ahora ya también de Occidente, en los que conceptos como: derechos laborales, les suena a sus responsables, a chino.
Dirán ustedes que lo que les he contado de mi padre fue hace mucho, mucho tiempo. Y es verdad. Pero es que ahora en pleno siglo XXI, todavía hay gente, mucha gente, que sigue sufriendo una situación parecida. Y eso me ha hecho reflexionar sobre el tema.
Según un proverbio árabe, para ser capaz de conocer realmente al otro, de ponerse en su lugar, hay que calzar sus babuchas. Pienso que, en ocasiones, lo que deberíamos hacer es justo lo contrario, ir descalzos, como van los que no tienen nada, para que llegásemos a saber realmente todo lo que están padeciendo.