miércoles, 30 de octubre de 2013

LO QUE PERVIVE


Tumba del poeta polaco Adam Staszczyk (24-10-1850/30-4-1909)
cementerio de Cravovia.


La ventaja que tienen los artistas, independientemente de cúal haya sido su forma de expresar ese arte, es que éste les sobrevive, haciendo más valiosa la huella que dejan tras de sí,  que los pasos que dieron. La tiranía de los años, incluso siglos, no lo afean, sino todo lo contrario. Cada vez que alguien lo contempla o disfruta, renace. Uno de los que más presente ha estado, y sigue estando después de su marcha,  es Shakespeare. Nadie como él lo expresa:

Aquellas horas que con gentil trabajo modelaron
el adorable semblante donde cada ojo se detiene,
harán para él el papel de tiranos
y afearán aquello que excedía en belleza:
porque el tiempo que nunca se detiene dirige el verano
hacia el odioso invierno, y allí lo aniquila,
savia rodeada de hielo, lozanas hojas ya perdidas,
belleza cubierta de nieve y escualidez por todas partes.
Entonces, si no quedara la destilación del verano,
un líquido prisionero encerrado entre paredes de cristal,
el efecto de la belleza con la belleza perecería,
no sería ni dejaría semblanza de lo que era.
Pero las flores destiladas, aún si se encuentran con el invierno,
pierden sólo su apariencia: su dulce substancia persiste.
(Soneto de Amor nº 5, sacado del libro "Shakespeare Poesía Completa-Edición Bilingüe)

sábado, 26 de octubre de 2013

EL HOMBRE IDEAL



Cuando yo vi por primera vez la película "Matar a Un Ruiseñor", basada en la novela de Harper Lee, tenía unos once años. Ni siquiera había leído el libro. La historia que nos cuenta, (para aquellos que no la conozcan todavía), es la del abogado Atticus, viudo, con dos hijos, que vive en una ciudad del sur de los Estados Unidos, y que acepta el defender a un hombre de raza negra, acusado de violar a una joven de raza blanca. El hecho de que el acusado sea negro, en la época y el lugar en los que transcurre la historia, no está precisamente a favor del acusado, ni tampoco a favor del abogado defensor, pues a partir del momento en que este hombre se hace cargo del caso, cambia toda su vida. Y esa vida la vamos conociendo a través de la voz de su hija.
La película guarda fidelidad a la novela, y uno de sus mayores atractivos es el reparto de grandes actores que tiene. El haber elegido a Gregory Peck para interpretar el papel de Atticus, fue un gran acierto.
Hubo dos cosas que me dejaron boquiabierta la primera vez que vi la película: Una, la inmensa presencia física del abogado. Su altura, la anchura de sus hombros, pero sobre todo, y esa es la otra: Su aptitud de serenidad ante situaciones de gran nerviosismo. Era el único personaje que no voceaba, cuando todos los demás perdían los papeles y se ponían a gritar y a insultar y,  sin embargo, encontraba siempre la manera de hacerse oir. Sin duda poner el cuerpo y el rostro de Gregory Peck al abogado Atticus, fue, como he dicho anteriormente, un gran acierto.
En la época en la que vi la película, Atticus encarnaba mi ideal de padre. Años después, su recuerdo se convirtió en mi ideal de hombre. Tanto es así que cada vez que me preguntaba alguna amiga cómo me imaginaba al hombre de mi vida, automáticamente, venía a mi mente la imagen de Atticus, el abogado justiciero, el padre que sabía escuchar a sus hijos y estaba con ellos cuando le necesitaban. El hombre compasivo con los más débiles e implacable con los que intentaban sacar provecho de cualquier circunstancia,  intentando incluso, manipular la justicia para su beneficio particular. Cuando yo decía en voz alta todo esto, siempre había alguna amiga que, tratando,  según ella, de bajarme de la nubes donde yo estaba, me decía: pero mujer, si los hombres ideales no existen.
A través del tiempo he aprendido a mirar, a ver a las personas y las cosas que me rodean. Y en esas estaba hace unos días, cuando me vino nuevamente a la cabeza la historia de este abogado.  Y me di cuenta de que mi amiga no  tenía razón, los hombres ideales   existen. Rebobinando mis recuerdos, me he dado cuenta de que he tenido la gran suerte de encontrarme con Atticus en varias ocasiones a lo largo de mi vida. Lo vi en la persona del médico que atendió a mi padre en el servicio de Urgencias,  y que con su voz y  aptitud serenas, consiguieron que mis nervios del momento, se calmaran.
Vi a Atticus en los albañiles que trabajaron sacrificando, incluso, su hora de ir a comer, para que pudiera tener arreglados cuanto antes el baño y la cocina de mi casa.
Me encuentro con Atticus cada mañana, cuando salgo de casa, en la persona del barrendero que limpia nuestra calle, mientras silba, haciéndome olvidar las nubes o la lluvia de turno.
Me cruzo todos los días con Atticus, encarnado en ese hombre que va al colegio con su hijo, porque ya no tiene trabajo al que acudir y, sin embargo, es capaz de sacar fuerzas de donde no las tiene, para ir contándole una historia de final feliz al crío,  y hacer que parezca que todo es como antes.
Ninguno de ellos tiene el rostro, la altura, ni los hombros imponentes de Gregory Peck. Pero cada uno de  ellos, en su pequeña cotidianidad, es inmenso, es el hombre ideal.

jueves, 24 de octubre de 2013

CULTURA CON MAYÚSCULAS

Normalmente de una entrada a otra en mi blog, dejo pasar unos días para evitar agobiar a los que tengan la amabilidad de visitarlo.  Pero resulta que se me ha cruzado uno de esos libros que una vez leído, no puedes evitar querer compartirlo con el mayor número de personas. Se trata del libro de  Emilio LLedó "LOS LIBROS Y LA LIBERTAD". Éste es uno de esos libros que yo denomino "golosos", como la caja de bombones que abres con intención de coger uno sólo, y en cuanto la destapas, el aroma del cacao se apodera de tí y, uno tras otro, te los comes todos. O como esa bolsa llena de patatas fritas, saladas y crujientes, que sólo probar una, te lleva camino de la perdición. La diferencia entre estas delicias y el libro del que voy a hablarles, es que después de comerte las primeras, sientes remordimientos, además de empacho. Con este libro sin embargo, lo que sientes es que has aprendido un montón, y eso te hace sentir más liviano, porque al saber un poco más, te sientes un poco más libre.
No importa la edad que tenga quienes recorran estas líneas, sean quince, treinta, cuarenta, u ochenta años, sólo les pido una cosa: léanlo.
Emilio Lledó demuestra que es un hombre culto, y lo hace como sólo los hombres cultos lo hacen, exponiendo sus conocimientos de una manera sencilla, amena, para que los que no somos tan cultos como él, podamos entender todo lo que nos explica, pero con todo el rigor del mundo.
Nos habla de la importancia que tienen los libros, los libros impresos, porque sólo así, estando impresos, queda constancia de todo lo que dicen, no sólo para el que lo está leyendo en ese momento, sino para generaciones posteriores. Son memoria escrita. Y habla también de la importancia de esa memoria, de no olvidar nada del pasado, sobre todo los errores cometidos, para que no nos los vuelvan a colar.
Explica la diferencia que hay entre cantidad y calidad. El hecho de que ahora tengamos más medios técnicos para recibir información, no nos garantiza que ésta sea de mayor calidad. Más bien al contrario, con tanto cachibache, al final nos lían y no sabemos ni dónde estamos.
Habla de cómo a base de discursos vacíos de contenido y sobre todo de compromiso político, hemos ido perdiendo privilegios, derechos que ya disfrutaba la gente en la época de los griegos.
En este libro hay historia, política, filología, humanismo. Cada capítulo, cada frase es una lección magistral.
Razona cada una de las exposiciones que va haciendo. Enseña la raíz no sólo de las palabras, sino de las ideas.
Tengo lo que, para algunos es una mala costumbre, la de subrayar frases que puedan parecerme interesantes de los libros que leo. En éste, me ha sido imposible subrayar una sóla línea,  pues me he encontrado con algún capítulo que he tenido que señalar entero.
Les dejo un "aperitivo" para que juzguen ustedes mismos:
"El lenguaje analizado, dialogado, interpretado abría perspectivas adecuadas para el desarrollo y el progreso democrático, que únicamente podían fomentarse con el gran invento que, junto a la democracia, hizo la cultura griega para evitar la demagogia: la educación." (pág. 34)
"La inundación de imágenes, los múltiples canales para que fluya la comunicación y sus informaciones, que, sin duda, son un extraordinario progreso, tienen, sin educación, una influencia anestesiante sobre la sensibilidad y sobre la mente." (pág. 34)
"Las palabras que habían servido, contra la irracionalidad, el fanatismo y las inquisiciones, para ocultar el mundo y la vida pueden ser hoy objeto no solo de manipulación sino, sobre todo, de olvido. Un olvido que arrancaría la vida humana y la inteligencia de ese paraíso que constituye el otro inmenso espacio de la cultura: los libros, el inagotable universo de la lectura y de las ideas. La educación en la reflexión de la lengua que somos constituye, tal vez, el remedio más eficaz y poderoso para mantener vivas las esencias del ser que somos, del ser que debemos ser." (pág. 34).
Todo esto en una sóla página.  Imagínense todo lo bueno que les espera en este maravilloso libro.

miércoles, 23 de octubre de 2013

LECTURAS COMPARTIDAS


"MADRE E HIJA"
DE CARL HOLSOE (1863-1935)



Dado que el color que parece predominar en el cuadro es el negro, se esperaría una escena oscura, triste. Sin embargo es la luz la que predomina. Se cuela en la estancia por la ventana, llenando de vida las plantas, más cercanas a ella, y luego al resto.  ¿Pero esa ventana que se ve es la única que hay? Tal y como ha pintado el cuadro el artista, parece que hubiera una segunda ventana, oculta,  por la que cualquiera que se acercara a él,  pudiera asomarse. Y lo que encontraría el curioso de turno, sería una escena llena de placidez: Una mujer sentada en una silla, en cuyo regazo descansa lo que parece un cojín, que sirve para apoyar un libro, que su hija está contemplando, o quizás, empezando a aprender a leer.
La niña, cuyo pelo rizado, como el de su madre, ha sido adornado por un lazo, está ensimismada en el libro. Su brazo izquierdo está posado en él. Puede que su pequeño dedo índice vaya recorriendo cada letra, cada línea, cada imagen, si es que el libro las tiene. Lo que no sabemos es hacia dónde mira la mujer. ¿Estará mirándolo también, explicándole a la cría lo que cada página descubre, o es su hija la que atrae toda su atención? El cabello de ella, a diferencia del de la pequeña, está encadenado en una trenza que corona su cabeza,  excepto unos rizos rebeldes que han conseguido escapar, y descansan sobre su cuello.
La armonía envuelve toda la habitación. Un cuadro reposa en la pared que está frente a la mujer. Debajo, un pequeño mueble con dos cajones, adornado, entre otros, por dos candelabros con sus correspondientes velas, y un jarrón en medio de ambos, lleno de flores.
A las espaldas de la mujer, una mesita-costurero donde yace un pañuelo blanco, esperando a que le den unas puntadas, o simplemente que lo guarden en el lugar que le corresponde.
Me gustan los cuadros de Carl Holsoe porque suele haber en ellos figuras de espalda al que los contempla, lo que le da la oportunidad de crear, o mejor dicho, de completar la escena. Y cada uno imaginará su final.

jueves, 17 de octubre de 2013

NUESTRO PAN DE CADA DÍA


Éste es uno de esos libros que puede interesar a las personas que, como yo, no sepan de casi nada y quieran aprender de casi todo. El autor es un filólogo bosnio, Predrag Matvejevic´. A través de un viaje por la historia de la humanidad, nos explica el papel y el significado que tenía, y sigue teniendo, el pan. Cómo se hacía en diferentes lugares del mundo, dependiendo de las costumbres, la religión y,  a veces, de los medios, o más bien, de la falta de ellos.
Este autor se ha documentado y transmite todo su conocimiento, que es mucho, de una manera amena, pero seria.
Nos habla de los ritos en los que se ha ido utilizando el pan, y nos va diciendo cómo se denomina en diferentes lenguas.
Al final del libro nos explica el porqué de haber elegido este tema, que aunque en algunos lugares, por cercano, parece no tener valor, en otros, sin embargo, es un tesoro. Y ahí es donde el libro rebosa humanismo.
Después de haber leído este libro, veo lo afortunada que soy porque nunca me ha faltado un trozo de pan en la mesa. Y les aseguro que me cuidaré muy mucho de despreciarlo.
Si pueden, leánlo, es una joya.
Y para que se les abra el apetito, les dejo este pedazo:
"No se nace mendigo, sino que se llega a serlo. Y no se llega a serlo por voluntad propia. La pobreza es una advertencia a la sociedad y a la religión: a la sociedad, para que proporcione pan a todos; a la religión, para que no olvide a nadie."

sábado, 12 de octubre de 2013

PRESENCIAS



Dentro de unos días se va a celebrar la festividad de Todos los Santos. Un día para recordar a los que ya no están. Nunca he terminado de entender la tenacidad que demostramos en dar presencia a los que se han ido para siempre a consta incluso, de latigar con nuestra indiferencia a los que todavía están presentes. ¿Damos por hecho que éstos últimos van a estar ahí eternamente?  Y lo mismo hacemos con los objetos y los lugares que ahora nos rodean. Sólo cuando la vida nos los arrebata, es cuando nos damos cuenta de lo que teníamos. Esto viene a colación de una historia personal que quiero compartir aquí. Hace unos años, perdí a uno de mis seres más queridos. De repente, todo a mi alrededor se tornó en blanco y negro. Los colores desaparecieron por completo de mi vida. Apenas tenía fuerzas para levantarme cada mañana y, cuando salía del trabajo, andaba como un zombie sin reconocer a nadie ni nada de lo que me rodeaba. Para llegar hasta casa, solía ir por un céntrico paseo de mi ciudad que se llama El Espolón. En ese paseo hay una pequeña librería, del mismo nombre, que regentan dos hermanas. Una librería de puertas de color rojo y envuelta, por la noche,  en una iluminación cálida. No sé qué especie de milagro se producia entonces, que a pesar de mi estado anímico, siempre fui capaz de distinguir el color rojo de esa librería. Era como un imán, en cuanto la veía, mis pies se dirigían mecánicamente hacia ella, y me quedaba contemplando durante un rato los libros de su escaparate. No perdía ni un sólo detalle de los colores de las portadas de esos libros, incluso era capaz de captar cualquier pequeño cambio que hubiera habido en sus títulos o, simplemente en su colocación. Esa presencia física, tangible, de la librería, me mantenía pegada a la realidad. Todo lo demás se había desmoronado, convertido en cenizas, pero ahí estaba la librería, mi librería de siempre. Sólida, real, cálida como una madre. Me pegué día tras día a su escaparate como la hiedra. Me agarré a ella, con la misma desesperación que cualquier Robinson Crusoe se hubiera agarrado a una tabla, que le hubiera conducido a una isla. Y ahí estuvieron siempre las dos libreras, escuchándome,incluso, cuando no iba a comprar nada. ¿Cúantas grandes superficies conocen ustedes en las que harían lo mismo? Si ya el encontrar a un dependiente en ellas, es casi misión imposible.
Puede que me tachen de sentimental o de estúpida, pero qué quieren que les diga, yo vivo de presencias no de ausencias. Voy contracorriente. Me gustan las pequeñas tiendas regentadas por pequeñas-grandes personas que saben estar donde tienen que estar. Que te escuchan, te asesoran, te miran a los ojos cuando te hablan y te reconocen. Por eso compro mis alimentos en el mercado de toda la  vida, y la ropa en las tiendas donde saben mi talla y mis gustos. Por eso adquiero los complementos en la mercería donde al entrar me preguntan por la salud de los míos, y el calzado en la zapatería, que me ha estado "vistiendo" los pies, desde que llevaba los famosos zapatos de goma de la marca El Gorila, al colegio. Algunas de esas pequeñas tiendas han ido desapareciendo, engullidas por las grandes susperficies, pero yo sigo buscando lo pequeño, lo cercano. No declaro la guerra a nadie, simplemente ejerzo mi derecho a elegir. Y para que los consumidores podamos elegir, se nos debe dar varias opciones, no  imponer una sóla. Para mí un cambio en la sociedad o en nuestra forma de vida, no tiene que pasar necesariamente por la destrucción de una parte, (normalmente la más débil), de ella. Sobre todo si esa parte es tan útil como la que se quiere imponer. Nuestro país, nuestro planeta, son lo suficientemente grandes como para que quepamos todos. Los seres pequeños también tienen derecho a la vida. Y en más de una ocasión han sido los más pequeños los que han mantenido el sistema. ¿Se han preguntado alguna vez qué hubiera sido del, ahora, tan destrozado sistema de la Seguridad Social, si no hubiera sido por los pequeños autónomos? Pues que hubiera pasado lo que está pasando de un tiempo a esta parte, desde que se está machacando a los  pequeños empresarios,  que se está yendo a pique.
¿No están conviviendo juntos en el mercado los CDs y los discos de vinilo? ¿Acaso desaparecieron las bicicletas del planeta cuando empezaron a volar los primeros aviones? ¿Han desaparecido los abanicos porque se haya instalado en la mayoría de los edificios el aire acondicionado?
¿Qué problema tienen los grandes con los pequeños, si son, según ellos, mucho mejor que éstos últimos?
Vivir y dejar vivir, ese es el lema a tener en cuenta.
Dejen vivir a los pequeños, porque necesitamos de su enorme presencia.

miércoles, 9 de octubre de 2013

COSAS DE PECES Y NIÑOS


Hablar de los libros de Erri de Luca siempre es un placer. No importa el título que escojas, aciertas siempre.  En éste que nos ocupa, un chaval de diez años nos va contando su día a día. Sus problemas, que a esa edad también se tienen, sus encuentros y desencuentros con amigos, enemigos, familiares.  Los sentimientos hacia las chicas, bueno hacia una en particular, que le hace dudar de todo lo demás y a la vez le obliga a buscar respuestas. Él va creciendo día a día, que es como se crece a esa edad. Cuando se es mayor, muy mayor, se va menguando mucho más deprisa de lo que se ha tardado en crecer.
Erri de Luca va construyendo la historia a través de ese niño, como construiría las casas cuando era albañil, ladrillo a ladrillo, momento a momento, casi artesanalmente. Y lo hace mediante un lenguaje sencillo, pero con unas frases que se te quedan pegaditas, primero a la retina, y luego ya al corazón, donde anidarán para siempre. Juzguen si no:
"Masculino y femenino exasperaban sus diferencias para gustarse".
"Mi hermana, dos años menor, era una catapulta de instintos. Expandía a su alrededor sus humores del momento, sin freno".
"Aún hoy, en las noches tumbado al aire libre, siento el peso del aire en la respiración y una acupuntura de estrellas en la piel".
"Son la más potente contradicción de los barrotes, los libros. Al prisionero tumbado en un catre le abrían de par en par el techo".




Las novelas de Erri de Luca, deberían colocarlas en las librerías en la sección de POESÍA.
Como para no gustarme. Podría reproducir aquí toda la historia,  porque no hay una sola coma de desperdicio. Si después de este sabroso aperitivo que les he expuesto, no les come la curiosidad de meter la cabeza en ella,  creo que lo suyo ya no tiene remedio.


domingo, 6 de octubre de 2013

IGNORANCIA



Hace tiempo mis amigas y yo frecuentábamos un bar en el que trabajaba un chico, que según alguien comentó, era marroquí. Cada vez que entrábamos, nos recibía con una sonrisa que iluminaba su tez morena. Tenía unos preciosos rizos que formaban una brillante cortina, que cubría un par de ojos negros, muy negros, y con un brillo que recordaba esas noches profundamente oscuras de verano, en las que las estrellas parecen desprender fuego. 
Como vivía cerca de ese bar, a veces coincidí con él también en la calle. Cuando nos cruzábamos, volvía a esbozar esa preciosa sonrisa, y me lanzaba un hola expontáneo, fresco, como una cascada de agua cristalina. Así un día y otro. Hasta que sucedió que un día me lo encontré acompañado por un hombre que aparentaba más edad que él. Como siempre el joven me sonrió, me saludó y yo, como siempre, contesté a su saludo. Entonces el hombre que le acompañaba empezó a increparle. Yo no entendía sus palabras pues hablaba en su idioma, pero fue suficiente ver la expesión del rostro del chico,  para darme cuenta que lo que le estaba diciendo no debía ser agradable.
Cuando volví a verle iba sólo, le saludé,  pero entonces él bajó su rostro e hizo como si no me viera. Así en varias ocasiones, hasta que llegó el día que no volví a encontrarle.
Ignoro si el hombre de más edad que, en aquel fatídico día, le acompañaba, era su padre,  o una especie de consejero espiritual, uno de esos iluminados que hay en todos los países, que tienen la habilidad de convertir sus propios miedos e ignorancia en una especie de religión que los demás deben acatar.
Ignoro igualmente lo que le dijo. Como quizás ese hombre de más edad también ignora que en nuestro país, los hombres y mujeres se pueden saludar amablemente por la calle, independientemente de su procedencia, o creencias, sin estar por ello rompiendo ninguna ley.
Quizás es ahí donde radicó el problema, que ellos ignoraban cosas sobre mí y sobre el lugar donde estaban. Y yo también ignoraba cosas sobre ellos y sus costumbres. Y así vivimos, ignorándonos unos a otros. Dejando que la ignorancia vaya creciendo hasta convetirse en miedo, que a la vez se convierte en un muro que no permite que nos acerquemos, que nos conozcamos unos a otros.
Han pasado unos cuantos años desde entonces. No sé lo que habrá sido de ese joven, ni dónde estará, ni lo que hará. Por ignorar, ignoro hasta su nombre. Pero eso no impide que en alguna ocasión, me venga a la mente su rostro de tez morena, sus ojos azabache y su preciosa sonrisa. Entonces pienso: Estés donde estés, que Alá, Dios, o cualquiera de las divinidades en las que puedas o no creer, te acompañen.

martes, 1 de octubre de 2013

OCTUBRE

OCTOBER 1877
DE JAMES JACQUES JOSEPH TISSOT




Se nos ha colado el mes de Octubre.
Las nubes han amortiguado el calor del sol, pero no han podido con su luz. Y sigue lanzando sus rayos, cubriendo las hojas de polvo dorado.
La humedad se manifiesta en forma de lluvia, que cubre el suelo y lo convierte en espejo.
El aire, a veces, también se hace presente, enfríando un poco más el ambiente, haciendo danzar las hojas secas, hasta obligarlas a alfombrar los pasos apresurados de cualquier dama.
Todo invita a echarse a correr y guarecerse, a buscar un lugar más cálido y confortable.
El paisaje entero parece empujarte al hogar, con un buen libro bajo el brazo.
En alguna mesa estará esperando una taza de té caliente. Cerca de ella, una butaca confortable tendrá sus brazos abiertos, deseando que tu cuerpo la habite.
Pasan los años, los siglos, pero Octubre siempre vuelve. Cada año uno nuevo, ¿o será el mismo renovado?